Una de las ventajas más interesantes que sin duda ofrece Internet y con ella la edición de blogs, páginas web, redes sociales, etc. etc., etc., es como poco, la de conceder a todos aquellos que la utilizan, la posibilidad de editar de forma inmediata, continua y casi infinita, cualquier tipo de producción que haya salido de sus cerebros. El resultado de todo ello es un producto que a diferencia de lo que venía ocurriendo en el pasado, nunca, jamás y bajo ningun pretexto, dejará de crecer, cambiar y adaptarse a las circunstancias en las cuales por fuerza deba desarrollarse, hecho que nos hace pensar a su vez en la mismísima vida y existencia de las cosas que -para que nos entendamos- esta vez sí son cien por cien "reales".

Este blog de lo que trata por tanto es de aprovechar esos "vericuetos" virtuales, y a partir de ahí equiparar la literatura (en otro lugar pasará lo mismo con la música) a un estado muy próximo a la existencia. A un estado en el cual "como en la vida misma", las cosas puede que un día sean fantásticas y al siguiente no valgan absolutamente nada, pero lo que no pasará nunca es que continuen siendo perezosamente iguales a como lo habían sido siempre. Porque, ¿alguien ha tenido alguna vez el placer de conocer a alguna persona que estuviese totalmente finalizada? O más aún: ¿alguien puede precisar el día y la hora en que tal o cual sentimiento se extinguió para siempre?



domingo, 1 de mayo de 2011

De poder decir uno la verdad


Y entonces y como si alguien hubiese subrayado con un rotulador tóxico únicamente aquellas palabras, se escuchó claramente decir...

«¡Ni aun dejando de follar con tu marido yo dejaría de follar con las demás! ¿O es que no lo entiendes? ¡No te quiero! ¡Y ahora te voy a decir algo más y a ver si te entra en la cabeza de una maldita vez! ¡No te he querido nunca! ¿Te ha quedado claro maldita zorra del demonio? ¡Nunca! - le gritó Amalec a la desconsolada Tiriana que lo miraba con una mezcla de irrealidad y estupefacción. Atónita, aterrorizada y como en estado de semimuerte: ¡Olvídate de mí! – sentenció finalmente Amalec descuartizándola ahora ya con la mirada y odiándose con cada palabra que decía un poquito más. Para después, como un loco cabizbajo y mentiroso, montarse en aquel viejo tren metálico que aguardaba en el andén y desaparecer para siempre. Deslizándose como una serpiente huyendo de un lugar no llamado Edén. Vagón a vagón. Ventana a ventana. Escama a escama. O como si ambos personajes no fueran más que una pequeña parte de dos libros totalmente distintos. Independientes. Asimétricos. Algo así como un par de historias insignificantes que por sí mismas no valen nada pero que juntas valen menos aún. Escritas por un demente tuerto, viejo, calvo y feo. Por un bromista cejijunto que jugaba a ser un Dios que todo lo había vivido.

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