Una de las ventajas más interesantes que sin duda ofrece Internet y con ella la edición de blogs, páginas web, redes sociales, etc. etc., etc., es como poco, la de conceder a todos aquellos que la utilizan, la posibilidad de editar de forma inmediata, continua y casi infinita, cualquier tipo de producción que haya salido de sus cerebros. El resultado de todo ello es un producto que a diferencia de lo que venía ocurriendo en el pasado, nunca, jamás y bajo ningun pretexto, dejará de crecer, cambiar y adaptarse a las circunstancias en las cuales por fuerza deba desarrollarse, hecho que nos hace pensar a su vez en la mismísima vida y existencia de las cosas que -para que nos entendamos- esta vez sí son cien por cien "reales".
Este blog de lo que trata por tanto es de aprovechar esos "vericuetos" virtuales, y a partir de ahí equiparar la literatura (en otro lugar pasará lo mismo con la música) a un estado muy próximo a la existencia. A un estado en el cual "como en la vida misma", las cosas puede que un día sean fantásticas y al siguiente no valgan absolutamente nada, pero lo que no pasará nunca es que continuen siendo perezosamente iguales a como lo habían sido siempre. Porque, ¿alguien ha tenido alguna vez el placer de conocer a alguna persona que estuviese totalmente finalizada? O más aún: ¿alguien puede precisar el día y la hora en que tal o cual sentimiento se extinguió para siempre?
miércoles, 1 de febrero de 2012
La Red Social de David Fincher
Pero como es bien sabido, las apariencias nunca fueron el método más fiable para llegar al fondo de las cosas. Aún más, es sólo después de que hayan transcurrido los días justos y necesarios entre el momento en que se visualiza por primera vez la película y el momento en que comienza a olvidarse, cuando uno se encuentra en disposición de hacerse las primeras preguntas importantes: ¿pero de verdad nos estaríamos planteando todas estas cuestiones si su director no se llamase David Fincher? ¿o qué será de esta película cuando Facebook pierda su componente de extrema actualidad y se convierta en su simple recuerdo tecnológico de importancia básicamente histórico-sociológica? o todavía más ¿dónde empieza la película y dónde el fenómeno que intenta describir esa película?
Más allá de los juicios personales y/o metafísicos en que cada uno de nosotros –como una trampa intelectual- pueda caer a la hora de determinar el valor cinematográfico del film, lo que por contra llama poderosamente la atención es más bien la dificultad de mantenerse al margen de esa especie de ansiedad (sí, ansiedad) que empuja a los espectadores (pero por supuesto también a los críticos) a intentar descubrir en qué consiste exactamente el mensaje que el gran David Fincher nos ha intentado transmitir esta vez. A la sospecha, sustentada vayan ustedes a saber dónde, según la cual por el simple hecho de estar dirigida por un tipo que se llama David Fincher y que hizo tal y cual película, cualquiera de nosotros, simples espectadores, debiera exprimirse los sesos para descubrir cómo encaja esta película dentro su largo y sinuoso “hilo argumental”.
Pero lo cierto es que si la “Red social” no encaja con películas como ”Seven”, “El Club de la lucha” o “Zodiac”, es simplemente porque no encaja, porque en realidad, poco o nada tiene que ver con cualquiera de ellas a excepción del tipo que las dirigió. Ahora bien, tal hecho es ya de por sí toda una mina de información porque entonces ¿quién dirige las películas de David Fincher y con qué fin? ¿o de qué depende que David Fincher vuelva a hacer películas como las que hizo en el pasado? ¿de los guiones que caigan en su manos, de su capacidad para escoger los proyectos en los que se mete, del número de directores que haya libres en ese momento, de su capacidad creativa en ese momento y en ese lugar, de todo a la vez, de nada en absoluto? Así que: ¿es David Fincher un autor tal y como intentan hacernos creer o se trata más bien de un simple técnico, de un tipo que recompone las piezas en el orden y la forma en que se lo encargan? Es más ¿quedan autores en Hollywood capaces de imprimir un sello verdaderamente personal a su obra a pesar de todo? o todavía más ¿pero qué diablos es Hollywood y cuál es su función principal?
En aquella memorable frase de la película “Sospechosos habituales”, uno de sus protagonistas principales afirmaba que el mejor truco del diablo fue hacer creer a los hombres que no existía para así poder desaparecer. Por la misma regla de tres muy bien podría ocurrir que el mejor truco de las todopoderosas productoras norteamericanas hubiese sido el de hacernos creer que Hollywood todavía sigue lleno de verdaderos autores, gente con un sello y una forma intransferible de hacer las cosas, y así ¡pffff! (que no es poco!!!) seguir haciendo cine.
viernes, 13 de enero de 2012
El mundo de ayer. Memorias de un europeo, de Stefan Zweig.
Resultado de todo ello fueron una serie de escritos más o menos ilegibles y por supuesto imposibles de acabar, mediante los cuales intentaba analizar el trasfondo histórico de la obra como el arquitecto que intenta adecuar a la fuerza una idea que él considera maravillosa a un terreno impracticable. Convencido por tanto de que la única salida pasaba por «regresar» a aquellos mismos lugares en los cuales gracias al propio Stefan Zweig yo ya había estado, lo que hice simplemente fue emprender «el camino de regreso», de tal modo que las últimas cosas que había pensado durante la lectura del texto, fuesen ahora en cambio las primeras en ser recordadas, y así sucesivamente hasta llegar al principio mismo de mi particular camino. Hasta ser capaz de recomponer -en la medida en que me lo permitiese mi memoria- esa especie de paisaje sentimental al cual yo había tenido acceso a través de las páginas de aquel maravilloso libro.
Partiendo de tales coordenadas, comencé a pensar en cuál de entre todas las ideas que me habían asaltado a lo largo de su lectura, era la que por una simple cuestión de tamaño incluía a todas las demás. Es decir, aquella única idea sobre la cual debido a su importancia, uno vuelve una y otra vez como el que vuelve a escuchar un viejo mensaje grabado. Afortunadamente, la elección no tardó demasiado en «manifestarse»: la de que uno puede ser libre y fiel a sus convicciones incluso cuando ello implica ir en contra del mundo entero. En efecto, si de verdad había una idea que destacase por encima de las demás con especial intensidad, esa era precisamente la de «la libertad interior», la de ser capaz de mantenerse a pesar de las circunstancias externas, fiel a uno mismo fuese cual fuese el precio que hubiese que pagar posteriormente por ello. La idea del suicidio, además, encajaba perfectamente con la supuesta incorruptibilidad moral del autor. Porque bien mirado, ¿qué es el suicidio sino la forma más radical de libertad que existe al margen del hecho de que después pueda causar la muerte? ¿O qué es el suicidio sino la única de entre todas las formas posibles de libertad que permite decidir el «cómo» y el «cuándo» se va a ser «libre» sin la intervención directa de nadie más que uno mismo? Además, si alguien ha tenido la posibilidad de observar con detenimiento las fotografías de los cadáveres tanto de Stefan Zweig como de su segunda esposa (Charlotte Elisabeth Altmann) sobre la cama después de haberse llenado la garganta de barbitúricos, comprenderá a la perfección en qué consiste el «tipo de libertad» del que estoy hablando.
Pero resulta igualmente evidente que esa misma obsesión por preservar a cualquier precio su libertad, debía haber surgido a su vez como respuesta (más o menos discutible) a unas circunstancias políticas, sociales y económicas muy determinadas, con lo cual si de verdad conseguía comprender qué circunstancias eran esas que tanto habían condicionado (que no determinado) su decisión personal de quitarse la vida, podría igualmente comprender con mayor precisión las razones por las cuales un hombre de las características y dimensiones intelectuales de Stefan Zweig, había llegado a creer con absoluta convicción (pues no se me ocurre otro modo de suicidarse que estando plenamente convencido de ello) que el mundo se había convertido en un lugar inhabitable, y que por tanto, la única solución posible era la del suicidio.
Así pues la primera cuestión que debía resolver antes de seguir adelante, era la de establecer como si de una especie de resta cronológico-temporal se tratara, cuáles eran las diferencias más significativas entre el mundo que conoció Zweig en su infancia, y el mundo que conoció justo antes de quitarse la vida, por si acaso el resultado me proporcionaba las claves del desajuste que sin duda había existido entre el hombre y su tiempo. Ahora bien, también aquí surgían algunas dificultades más o menos importantes a tener en cuenta, porque ¿cómo había sido ese mundo infantil del cual Stefan Zweig, como todos nosotros, no conseguimos desprendernos jamás del todo? ¿Y ese otro mundo de madurez situado justo al otro extremo de la vida que como una pesadilla demasiado real acabó por hacérsele insoportable? ¿Y el mundo por así llamarlo de tránsito que separó como una especie de goma elástica el mundo de su infancia del mundo mucho más oscuro y pesimista de su madurez? Por lo que a la primera cuestión se refiere hemos encontrado una frase que sintetiza, quizás como ninguna otra a lo largo de todo el texto, la percepción que Stefan Zweig tuvo de su infancia cuando ya de mayor comenzó a estar en disposición de poder mirar por encima de su propia espalda. La frase en cuestión dice, literalmente, lo siguiente: «Si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera Guerra Mundial, la época en la que crecí, espero haber encontrado la más concisa diciendo que fue la época de oro de la seguridad.» Sin lugar a dudas. Cuando Stefan Zweig intenta describir de la forma más precisa posible el mundo tanto de su infancia como de su juventud, esto es, el mundo de finales del siglo XIX principios de XX, lo cierto del caso es que no puede evitar utilizar adjetivos tales como «seguro», «cómodo», «plácido», «idílico», «ordenado», etc., etc., etc., y todo ello con la intención (o eso al menos es lo que nosotros entendemos desde la perspectiva que nos otorgan más de cincuenta años de distancia) de transportarnos a aquella atmósfera en parte idílica en parte radicalmente idealizada, de la cual el propio Stefan Zweig como tantos otros muchos pequeños burgueses austriacos, formaba, se diese o no cuenta de ello, una parte fundamental. Sin embargo es bien sabido también que todas las épocas y por idealizadas que puedan parecernos en un principio, contienen enormes cantidades de contradicciones que sólo el paso del tiempo permite desenredar, con lo cual es lógico pensar también que durante aquella época de orden, seguridad, tradición, etc., se respirase el aire un tanto arrogante de aquellos que creían, ya fuese por lo confortable de su situación, ya fuese como consecuencia directa de una fe ciega en el progreso, que las cosas iban a continuar así para siempre. Que el hecho de que las cosas «siempre» hubiesen sido de un modo determinado, era garantía más que suficiente para creer que iban continuar así de forma indefinida. Pero nada más lejos de la imaginación. La época de la niñez de Stefan Zweig, como muchas otras antes y muchas otras lo serían después, fue como una especie «de fina capa que a cada momento podía ser perforada por las fuerzas destructoras del infierno», como una especie de trampa mortal que alguien había dispuesto con la paciencia de aquellos que saben que el tiempo es infinito, a la espera de que alguien cayese irremediablemente en ella.
Con la llegada del siglo XX (ahí es nada) comenzaron a hacerse cada vez más evidentes una serie de cambios «estructurales» que quizás antes habían pasado totalmente desapercibidos precisamente por eso mismo, porque los cambios y a pesar de lo drástico que después nos puedan parecer sus consecuencias, por lo general suelen presentarse así, de forma imperceptible, silenciosa, de tal modo que lo que antes era una norma implacable, «ahora» en cambio era una simple excepción. Así que, fue quizás por todo ello por lo que conceptos antes incluso despreciados como lo pudieran ser «juventud», «masas», «vanguardias», «ruptura», etc., etc., etc., comenzaron a sustituir sin que ni siquiera los propios contemporáneos se diesen demasiada cuenta de ello, a otros conceptos tales como «experiencia», «individualidad», «tradición», «unidad», y así sucesivamente hasta que el viejo orden fue destruido casi por completo. Hasta que el pasado comenzó a resultar tan extraño a ojos de sus propios contemporáneos, como extraño nos resulta a nosotros ahora observar una foto de hace -por poner un ejemplo cualquiera- veinte años.
No obstante la más clara evidencia de que efectivamente el mundo ya no era el mismo, llegó, tal y como suele ser habitual en tales casos, de la forma más violenta y traumática que uno pueda imaginarse. Esto es, con el estallido de una guerra mundial la cual a pesar de los múltiples avisos de alarma que fueron sonando durante varios años, nadie supo ni silenciar, ni menos aún detener justo un momento antes de que ya fuese demasiado tarde. Más bien todo lo contrario. El 28 de Junio de 1914 se produjo el atentado de Sarajevo el cual daría paso a su vez a un conflicto bélico de proporciones ciertamente impredecibles, y todo ello como si fuera la primera noticia que se tenía que algo no estaba funcionando correctamente. Como si se tratara de una especie de accidente del todo imprevisible del cual nada ni nadie (por eso se les llama accidentes) podía tener la culpa salvo la propia naturaleza. Ahora bien, la Primera Guerra Mundial, pese haber comenzado a producir sus primeras víctimas, continuaba siendo tan ininteligible en lo que a sus motivaciones se refiere como lo es para la mayoría de nosotros la «crisis financiera», las continuas fluctuaciones del precio de la gasolina, o incluso una simple y aparentemente inocente declaración de la renta. «Si hoy, reflexionando con calma, nos preguntamos por qué Europa fue a la guerra en 1914, no encontraremos ni un solo fundamento razonable, ni un solo motivo » escribía Zweig un tanto desesperado como consecuencia de lo indescifrable de la situación.
La Primera Guerra Mundial mostró como quizás no lo había hecho ningún conflicto bélico previo, lo incongruente que pueden llegar a ser ciertos fenómenos sociales contemporáneos, quizás justamente, porque nunca antes las masas habían jugado un papel tan determinante sobre ellos. Porque jamás antes, un delirio en el sentido clínico del término, había incluido un número tan importante de personas como el que había intervenido en aquella guerra. Así que, ¿cómo iban a detenerlo sólo unos cuantos individuos más o menos aislados? ¿O cómo un fenómeno de tales proporciones, iba a detenerse porque unos cuantos intelectuales -por cierto- de dudosa reputación ya que sus intereses se oponían muchas veces a los de sus propias naciones (eran considerados, digámoslo claro, unos traidores), dijeran que aquello no tenía ningún sentido? ¿Que aquella situación, en realidad, no beneficiaba a nadie salvo a ciertas industrias bélicas?
La guerra continuó su diabólico curso como una pelota de rugby que alguien hubiese lanzado con la peor de las intenciones, de tal modo que no fue hasta que ella misma, ya debilitada de tanto darse golpes contra todo, se detuvo allá por 1918, que las cosas no comenzaron a recuperar cierta normalidad. Sin embargo esa normalidad fue enormemente relativa, pues si bien es cierto que la guerra como tal «solucionó» ciertos problemas que de ningún otro modo podrían haberse solucionado sino por la vía expeditiva de la fuerza, también lo es que provocó otros muchos desajustes en algunos casos incluso mucho más graves que aquellos mismos que supuestamente había solucionado y si es que efectivamente se puede utilizar el verbo «solucionar» cuando se habla de las consecuencias de una guerra. «Nada envenenó tanto al pueblo alemán – hace falta tenerlo siempre presente en la memoria- nada hizo encender tanto su odio y nada lo hizo tan maduro para el advenimiento de Hitler como la inflación. ». El final de la guerra abrió, por consiguiente, el camino hacia una crisis económica que con el tiempo se convertiría en el principal caldo de cultivo de una serie de movimientos totalitarios entre los cuales el fascismo adquirió un papel preponderante. Es decir que, muchas de los acontecimientos que tuvieron lugar después así como muchos de los personajes que protagonizarían esos mismos acontecimientos, hubiesen resultado del todo imposibles sin el desastre económico que causó, en buena medida, la Primera Guerra Mundial.
Los años siguientes y hasta llegar al inicio de la Segunda Guerra Mundial por tanto, deben ser interpretados como una especie de descenso ininterrumpido por unas escaleras de las cuales a cada peldaño le correspondía un retroceso en el campo de la moral. Algo así como si todo el continente europeo se hubiese vuelto –literalmente- loco de remate. Así que, ¿podría efectivamente darse el caso de que hubiese sido precisamente ese contraste entre el mundo apacible y sensato de su infancia y el mundo medio desquiciado de su madurez lo que explicase su idea aparentemente inamovible de suicidio? ¿Esa especie de aparente incapacidad del propio Stefan Zweig de aceptar que el mundo, como ya ocurriera en otros periodos antes y volvería a ocurrir en otros periodos después, estaba cambiando de la forma menos adecuada y más irresponsable posible? Acogemos el tiempo tal y como él nos quiere escribía sin embargo el mismo Zweig siguiendo los versos de Shakespeare en esa especie de creencia en un determinismo histórico el cual implica a su vez el hecho de formar parte de una época sin posibilidad de escapatoria alguna. En el hecho a todas luces indiscutible, de que nada podemos hacer por variar el curso mismo de aquellos acontecimientos de los cuales, nos guste más o menos la idea, formamos una parte muy activa. Además «la historia, obedeciendo una ley irrevocable, deniega a los contemporáneos la posibilidad de conocer en sus inicios los grandes movimientos que determinan su época ». Ahora bien, ¿por qué si el propio Stefan Zweig sabía perfectamente que es el «Tiempo» quien nos escoge a nosotros y no nosotros a Él, o incluso si sabía también perfectamente que resulta del todo imposible comprender en su totalidad el «Presente» perseveró en su idea de desobedecer tales preceptos? ¿Fue por reivindicar su libertad? ¿Por reivindicar su individualidad? ¿Por reivindicar su humanidad? ¿Por llevar los límites más lejos de donde los había encontrado? ¿O fue más bien por asumir el papel de mártir? ¿De guía espiritual todavía esencialmente romántico que supo como Jeremías, el profeta que predicó en vano, sintetizar el espíritu claustrofóbico y enormemente contradictorio de su tiempo? ¿Por convertirse, digámoslo de una vez, en un ser inmortal? «… sólo durante los primeros años de juventud identificamos el azar con el destino. Más adelante uno sabe que el verdadero rumbo de la vida viene determinado desde dentro; por confuso y absurdo que nos parezca nuestro camino y por más que se aleje de nuestros deseos, al final siempre nos lleva hacia nuestra meta invisible. »
Sólo se me ocurre una forma de solucionar de un modo más o menos plausible la aparente contradicción que plantea el propio Stefan Zweig al situarse en medio de la obsesión por mantenerse libre a toda costa, y la idea de tradición romántica de estar predeterminado (interiormente) por un destino invisible: la de estar destinado a ser libre.
sábado, 3 de diciembre de 2011
Podría ser yo
Una vez Crísipo hubo acabado de leer aquel breve fragmento cerró el libro y se quedó en silencio. Fuera y satisfecho de ver que no era el único. Que a pesar de todo no estaba solo en el mundo tal y como había llegado a creer en infinidad de ocasiones.
Allí, sentado sobre una silla desconchada a causa de la humedad y las frías noches de invierno. A causa de la soledad, el olvido, el viento y el salitre de un mar que de haber tenido ojos hubiesen sido negros como dos grandes bolsas de basura.
Sobre un manto de piedras grises, verdes, azules y rojas. Encima del jardín del cottage en el que vivía.
En Irlanda...
Justo frente al mar y cobijado por las verdes montañas que se alzaban como fondos submarinos en un mar que ya no era mar sino cielo...
Muy cerca de la convulsa y patética ciudad de Dublín donde hacía veinticuatros años había nacido...
Allá por el año de Nuestro Señor de 1983...
miércoles, 2 de noviembre de 2011
I’m still here: el año perdido de Joaquin Phoenix.
En una de las primeras escenas del film, el narrador y protagonista de la película viene a decir algo así como que le encantan “esos raros momentos puros que separan el corte de la acción”. Esos momentos “de absoluta miseria” tal y como él mismo los califica, que se oponen a lo que él considera la más pura e inmaculada realidad. Pero, ¿cómo hay que tomarse algo así cuando el tipo que lo dice es ni más ni menos que el dos veces nominado a los premios Oscar Joaquin Phoenix? ¿O cómo deben ser interpretadas esas palabras cuando quien las pronuncia forma parte de la mayor fábrica de ficción del mundo, y no sólo eso, sino que además escoge como escenario para pronunciarlas un documental en el cual precisamente, de lo que se está hablando es del intento de ese mismo actor –filmado con todo detalle por supuesto- por escapar de la ficción? ¿Por recuperar -por y para siempre es lo que se nos dice continuamente- esos raros momentos que separan el corte de la acción?
Lo primero que a uno le viene a la cabeza cuando se interroga sobre tales cuestiones es que lo que se le está pidiendo es ni más ni menos que una simple reflexión sobre la ya clásica dificultad para distinguir entre realidad y ficción. Para diferenciar entre aquello que “verdaderamente es”, de aquello que ha sido “preparado para llegar a ser”. Ahora bien, cuando uno medita con mayor detenimiento sobre la relación existente entre realidad y ficción y en cómo a lo largo de los tiempos esa misma relación ha sido interpretada por unos y otros, una de las primeras conclusiones a las que se llega es que tales dificultades parecen corresponder más bien a otros tiempos en los cuales precisamente porque tal confusión era todavía el centro del debate, resultaba absolutamente necesaria su correcta “metaforización”: Platón y su mito de la Caverna, Orson Welles y su memorable programa de radio “La Guerra de los mundos”, William Karel y su “Dark side of the Moon”, etc, etc, etc.
Sin embargo hoy en día (y me refiero a la más rigurosa actualidad) las cosas han cambiado sustancialmente, y si bien es cierto que esa dialéctica entre “lo que es cierto y lo que es falso” sigue deparando tan buenos intercambios de golpes como siempre, también lo es que los parámetros a partir de los cuales se rige se han visto ligeramente modificados en los últimos años por la irrupción en nuestras vidas de imágenes y contenidos multimedia de todo tipo y condición. Dicho con otras palabras: ¿qué sentido podría tener a día de hoy, en pleno siglo XXI y cuando incluso los telediarios del mediodía contienen mayor tensión narrativa que la mayoría de las películas bélicas del pasado (y si no se lo creen, prueben ustedes de seguir por ejemplo el desarrollo argumental del conflicto libio), preguntarse por la yuxtaposición entre ficción y realidad? ¿Por la confusión, inversión, perversión, o como demonios quieran ustedes definir esa relación, entre dos conceptos que muy probablemente sean ya a estas alturas sencillamente indistinguibles al menos desde el punto de vista del observador? ¿Para reírse de todo? ¿Para mostrar lo absurdo e inútil de toda la problemática? ¿Para demostrar que lo interesante de toda la cuestión no es tanto la de determinar qué es ficción y qué no sino demostrar simplemente que todo, hasta cierto punto, fue siempre tan real o tan ficticio como cada uno lo quiso ver?
El problema señoras y señores va sin embargo más allá. Porque en un mundo donde a diferencia de los falsos documentales no hay nadie que al final del show nos aclare que lo que hemos visto era en realidad un burdo simulacro, un pedazo de realidad expresamente manipulada para que experimentásemos tal o cual sensación, ¿quién nos ayudará a distinguir entre una cosa y la otra? ¿Quién, en definitiva, nos dirá de que lado de la pantalla nos encontramos?
La problemática se reduce a una simple e incluso cómica elección: ser protagonista o ser espectador. Esa y no ninguna otra, es la verdadera cuestión.
lunes, 3 de octubre de 2011
“¡Hasta la vista, baby! Un ensayo sobre los tecnopensamientos” de Jordi Vallverdú
domingo, 4 de septiembre de 2011
El crimen perfecto (IV)
De este segundo grupo es bien conocido el caso de todas aquellas personas que por el motivo que sea han sido amenazadas de muerte, y que a nosotros, por sus múltiples puntos de conexión, nos pueden ser muy útiles para aclarar algunos de los puntos más complejos y escabrosos del asunto que ahora nos ocupa. Por ejemplo, lo más común en estas personas a las que nos referimos, suele ser el hecho de que por muchas que sean las medidas de seguridad tomadas en pos de su protección, jamás llegan a estar tranquilas del todo. Es decir, pueden contratar decenas de guardaespaldas con la intención de que nadie se les acerque a menos de un kilómetro a la redonda, pueden revisar los bajos de su coche tantas veces como les venga en gana, pueden poner cámaras de seguridad allí donde lo crean oportuno, o como también suele suceder muy a menudo últimamente, incluso pueden conectarse mediante una de esas pulseras electrónicas con la comisaría más cercana si así lo consideran necesario, pero como decíamos, lo cierto es que hagan lo que hagan jamás se sentirán tranquilos del todo pues el miedo, ese mismo miedo que nunca los deja descansar y los hace siempre mirar atrás, o a los lados, o a cualquier otro lugar del cual ellos presientan que puede proceder el peligro, además de provenir del exterior, lo cierto es que también proviene de su interior, de lo más profundo de su alma, hecho que vendría a ser corroborado por la cantidad de traumas que aún prevalecen en dichas personas incluso mucho tiempo después de la desaparición de la amenaza en sí. De lo que se desprende a su vez, que del miedo que procede de nuestro interior no hay ni guardaespaldas ni sistema de seguridad en el mundo que sea capaz de protegernos con mayor efectividad de lo que lo haría una simple aspirina.
La explicación para este hecho es que ese miedo del que hablamos se resiste a abandonar a su “anfitrión” al menos gratuitamente, debido al tiempo que ya ha pasado junto a él, y de ahí que puedan pasar años enteros antes de que el portador de ese “huésped” en particular, recupere su tranquilidad y empiece a sentirse por fin libre y verdaderamente despreocupado. Desde luego también hay que tener muy presente el grado de miedo “absorbido” si de verdad queremos llegar a una valoración más o menos precisa de la situación real del sujeto en cuestión, es indudable que a menor exposición del sujeto a ese terror del que hablamos, menor será también el tiempo que tenga que transcurrir antes de que recupere la normalidad tan deseada y viceversa. Es decir, a mayor exposición a esa misma amenaza, más tiempo se necesitará para recobrar la tranquilidad absoluta y si es que de verdad llega a recuperarse algún día.
Otro fenómeno derivado de este primer fenómeno y que no puede dejar de llamarnos la atención, es el hecho de observar como una vez el miedo se ha quedado sin objeto, sin un fundamento justificado y real el cual no lo olvidemos, era en principio el único motivo por el cual existía; ejemplifico: la persona que nos amenazaba de muerte ha sido hallada cadáver en un descampado y su identidad no deja lugar a dudas, o el grupo terrorista que nos enviaba balas a casa ha dejado por fin las armas y ahora se dedica a recolectar girasoles y después a repartirlo entre los pobres de la ciudad, pues bien, muy por el contrario de lo que se supone que debería hacer, lo que hace ahora es alojarse en nuestro interior de una forma más o menos estable, y a partir de ahí (y es este al fenómeno al que yo me refería anteriormente) comenzar a poner las bases de una especie de decepción crónica, fenómeno éste que sólo puede ser explicado por ciertas tendencias y predisposiciones autodestructivas muy comunes en los seres humanos.
El resultado de todo ello es que “el ex amenazado” ha sustituido un miedo exterior y real por un miedo interior e injustificado, y a partir de ahí todo recto y hacia abajo por una carretera que puede tener final o puede que no, pues tal cuestión dependerá en gran medida de la capacidad de cada individuo para restablecerse y recuperar la normalidad perdida. Ahora bien, ¿cómo se sale de este aparente y desagradable círculo vicioso en el que el sujeto parece haber caído sin apenas darse cuenta? ¿O cómo hacerlo al menos para que esa bajada de la que hablamos y si es que hay que bajarla forzosamente pues así parece confirmarlo la experiencia, en cambio ni sea demasiado larga ni tampoco demasiado pronunciada? Pues bien, la respuesta parece hallarse exactamente en el mismo lugar del cual nació: como el sujeto se ha quedado sin su fuente de preocupación “favorita” sustituyéndola después por una preocupación más nueva, interna, pero sobre todo de mucho más difícil solución que la anterior, cabe suponer que si le encontrásemos un sustituto ¡el que sea! lo lógico sería pensar que así habremos solucionado al menos momentáneamente el problema, pues al encontrar el sujeto un nuevo motivo de preocupación que se oponga a su tranquilidad, también es muy lícito pensar que esta vez actuará del mismo modo, y así sucesivamente hasta que ya viejo y cansado, vaya un buen día y se muera.
Pero tal hipótesis tiene un gran punto débil, y es que tal hipótesis no es ni mucho menos aplicable en todos los casos, pues, ¿qué sucedería por ejemplo si alguien no encontrase un nuevo motivo de preocupación, o simplemente si no quisiera encontrar tal motivo de preocupación y por el contrario prefiriese dejar las cosas tal y como están? ¿O qué pasaría en el supuesto de que el sujeto en cuestión y de forma inconsciente se sintiese más a gusto dentro de su ya famoso “síndrome de abstinencia” que fuera de él? ¿Existiría entonces algún otro medio alternativo que le permitiese salvarse? ¿Que le permitiese levantar por fin la cabeza y mirar al mundo sin más miedo que el estrictamente necesario? ¿Pero y qué pasaría si tampoco quisiera tomar ningún medio alternativo, si como consecuencia de la gran cantidad de energías gastadas ya entre un proceso y otro hubiese quedado tan extenuado que apenas pudiera levantar un brazo sin sentirse agotado? ¿Tendría semejante problema solución?
Llegados a este punto el camino se divide en dos. Por un lado nos encontraríamos con un primer grupo de melancólicos crónicos y fáciles de comprender debido a su horizontalidad que al no hacerse demasiadas preguntas sobre cuáles podrían ser las causas de su enfermedad, podrían continuar sin excesivos problemas por unas vidas relativamente apacibles hasta el día en que o bien un milagro o bien la muerte los sacase de ellas, y un segundo grupo de naturaleza mucho más radical, vertical, incongruente y por lo tanto compleja (y es este segundo grupo el que nos interesa de una forma muy especial por hallarse Giselle entre ellos) que estaría formado por un amplio abanico de melancólicos episódicos y salvajes del más alto a nivel, y que iría desde una especie de terrorismo emocional sumamente agresivo y antisocial, a una especie de también terrorismo puro y duro (pues sino no jamás hubiesen formado parte de dicho grupo) pero que a diferencia del subgrupo anterior, estaría dotado de ciertas tendencias conservadoras, factor éste que no haría otra cosa que otorgarles mayores posibilidades de curación si los comparamos con sus violentos compañeros, y todo ello debido a la aplicación en su método de una inteligencia basada en la experiencia, así como de una relativa tibieza y planificación de todos y cada uno de sus actos. Ahora bien, ¿pero y qué queremos decir cuando hablamos de melancólicos radicales, hostiles, incongruentes y complejos? ¿Y cuándo hablamos de melancólicos episódicos y salvajes al más alto nivel? ¿Y cuándo hablamos de la división de este ya subgrupo en dos facciones claramente diferenciadas, una más moderada y otra más radical?
Antes de nada sería altamente beneficioso aclarar que si hemos aludido al término melancólico para englobar y definir a todos aquellos individuos que consciente o inconscientemente habían sido incapaces de superar “la pérdida” de su amenaza (ya fuese porque no habían encontrado los medios para sustituirla o bien porque “no” habían querido o no habían podido hacerlo) ha sido principalmente, porque de entre todas las patologías derivadas de la pérdida de un “algo”, lo que sea, sin duda nos parece la melancolía la más apropiada para tal fin precisamente por estar constituida en gran medida por elementos inconscientes (elementos estos que por ejemplo la diferencian claramente de la aflicción sin ir más lejos) y de ahí que la pérdida de ese “algo” llegue a pasar inadvertida incluso para ese mismo sujeto, el cual no lo olvidemos, es la víctima de tal proceso de destrucción interna y masiva.
Aclarado este punto, debe quedar muy claro que el siguiente paso que hemos dado ha sido el de separar y clasificar a todos esos melancólicos aparentemente dispersos en dos grandes facciones claramente diferenciadas (casi opuestas diría yo) siendo la base de una de estas más moderada y la característica principal de la cual sería el hecho de que el afectado permanece inactivo ante unos síntomas que apenas distingue y de ahí que acaben por desembocar en una depresión de largo recorrido de la que no se llega a tener jamás la menor constancia, y una segunda facción (y es a esta facción a la que èrtenece Giselle) mucho más violenta y compleja que la anterior, que por el contrario sí habría acabado por desarrollar una especie de resistencia que en función de su importancia y tamaño, finalmente los habría integrado primero y repartido después en la siguiente clasificación que hemos llevado a cabo: subgrupo número uno; aquellos que por su naturaleza menos agresiva buscan una solución más o menos inteligente a un problema del cual aunque no entienden el origen en cambio sí empiezan a vislumbrar sus terribles consecuencias, y subgrupo número dos; aquellos otros que muy por el contrario y debido especialmente a su intransigencia, se niegan a buscar una terapia eficaz que pueda sacarlos de una vez por todas de la situación tan penosa en la que ellos mismos ya empiezan a intuir que se hallan.
En cuanto a cuáles son los síntomas de este último grupo habría que decir que mientras que la facción “dócil” parece buscar ya vías de escape más o menos seguras para una enfermedad de la cual empiezan por fin a tomar conciencia, esto es, rebajan sus pretensiones iniciales, intentan de forma decidida adaptarse al mundo que los rodea y al cual saben en definitiva que tarde o temprano deberán someterse, los miembros del segundo subgrupo en cambio (y a partir de ahora nos centramos exclusivamente en este segundo subgrupo por ser Giselle miembro inequívoco de él con lo cual habríamos dado un paso más en la clasificación que estamos llevando a cabo) parecen seguir obstinándose en profundizar más y más por los recovecos siempre imprevisibles del largo camino que emprendieran desde que quedara su amenaza sin motivo, llevándoles tal situación a unos niveles tan elevados de desajuste emocional, que difícilmente llegan estos caminos a ser reversibles por muy fuerte que sea emocionalmente la persona que los transita.
El sujeto que sufre este tipo de patología entra entonces en una terrible espiral de incalculables consecuencias, y que hace oscilar al enfermo desde la más absoluta oscuridad hasta la más cegadora de las claridades de tal modo que parece que sólo en los extremos parece sentirse cómodo. Alternando desde el polo positivo al polo negativo de una misma pila que en su totalidad no es otra cosa que su propia patología, y todo ello sin que el enfermo llegue a comprender ni el porqué de su comportamiento, ni menos aún porqué caminos secundarios ha llegado hasta semejantes delirios. Por ejemplo, es muy común en tales personas que al haber dejado atrás el motivo de aquello que tanto les había preocupado sólo un tiempo atrás (en el caso de Giselle la amenaza de una muerte más que segura recordémoslo) lo que hacen una vez llegados a este punto, es percibir la vida como un regalo del cual hay que disfrutar lo máximo posible, pasando a actuar en consecuencia con una despreocupación ante la vida impensable desde luego para una persona dotada de un aparato psíquico y emocional normal. Mientras que si por el contrario nos vamos al extremo opuesto, esto es, si nos vamos al polo negativo de esa mima pila de la que hablábamos antes, pues entonces nos encontramos con que el enfermo puede llegar a tal grado de dolor, de percepción de soledad, que desde luego tal situación es igualmente impensable en una persona que no sufra dichos trastornos mentales. A partir de ese momento lo que sucede es que el enfermo baja un punto más en su terrible escala de degradación continua, pasando a formar parte de una especie de juego de contrastes mediante el cual sólo se consigue la felicidad o la tristeza cuando la compara con su contrario, y así sucesivamente hasta que tal proceso es frenado o bien por alguna fuente que tiene su origen en el exterior, o bien cuando es detenido bruscamente por alguna fuerza que surge de un interior cada vez más convulso y excitado.
Pero si bien es cierto que el enfermo se mueve continuamente de un extremo a otro pues únicamente así parece hallar una satisfacción momentánea, también lo es que dicha transacción «felicidad-depresión» no se lleva a cabo de forma inmediata, sino que más bien se podría decir que exige un mínimo de tiempo para llegar a producirse, transcurso de tiempo éste durante el cual el “viajero” tiene la posibilidad de contemplar el paisaje de tierra quemada que ha ido dejando a su paso. Es precisamente entonces y cuando el enfermo recupera parte de su sentido de la realidad tanto tiempo perdido, cuando que al contemplar su vida y en lo que ésta se ha convertido, no puede evitar sentir un pánico que se desborda como un trueno y para el cual no parece existir remedio posible a excepción de volver a los siempre confortables extremos. A partir de aquí la situación se agrava considerablemente, siendo el motivo principal de este empeoramiento, que el enfermo cada vez es más consciente de que dichos procesos transacción son sumamente dolorosos, intenta realizar por todos los medios dichas transacciones en el mínimo de tiempo posible creyendo erróneamente que con ello minimiza los efectos. La siguiente vuelta de tuerca a la que se ven arrojados tales enfermos, es aun más grave si cabe que la anterior, y consiste en evitar tales movimientos, pues sin duda, el enfermo a comprendido que tales desplazamientos no le causan ningún bien -todo lo contrario- y de ahí que simplemente llegue un momento en que prefiera instalarse definitivamente en uno de los dos extremos y quedarse en él para siempre a la espera de alguna idea mejor.
Tal cuestión a su vez nos lleva a la inevitable pregunta de ¿pero en qué lado preferirá instalarse el enfermo? ¿Será en el lado de la felicidad? ¿o por el contrario en el lado de la depresión continua, en el siempre excitante lado de los desajustes nerviosos? Pues bien, la respuesta en este caso es tan sencilla que casi nos sentimos decepcionados al formularla: es totalmente indiferente el lugar que escoja el enfermo para instalarse definitivamente pues al haber quedado anulado el juego de contrastes que hacía posible o bien una felicidad rotunda o bien una depresión también rotunda, todo acaba convirtiéndose en una misma cosa. Es decir, en una especie de tierra de tonos grises y holografía plana en la cual el sujeto deambula como un zombi, y dentro del cual, si bien es imposible que nada haga reír ni nada haga llorar hasta la extenuación tal y como sucedía cuando todavía existían ambos extremos, también lo es que hay que reconocerle a dicho estado “neutral” la capacidad de conceder la siempre agradable sensación de un falso pero a fin de cuentas efectivo bienestar.
Llegados a este punto la cosa se complica aún más. Pues por un lado cabe la posibilidad de que tal situación acabe por degenerar en un automatismo social en el cual el enfermo se refugia para formar parte de un todo que a su vez le impida tomar demasiada consciencia de sí mismo (con lo cual se equipararía al grupo ya mencionado al principio de esta misma clasificación de melancólicos estériles y dóciles sólo que algo más viejo y tras un recorrido mucho más largo y penoso), mientras que por el otro lado y es este el lado auténticamente peligroso de la misma moneda pues se trataría de una batalla perdida de antemano, por derivar en una especie de sociopatía que el enfermo considerará además plenamente justificada.
En cuanto al tema de los autómatas sociales poco más querríamos añadir, a excepción del hecho que Giselle no llegó nunca a formar parte de ellos, de lo cual se deduce que efectivamente tomó la dirección contraria, la del aislamiento, tema éste que por su gran profundidad y múltiples conexiones intentaremos abordar al menos por la parte que a Giselle le toca.
Hasta ahora hemos dicho que el individuo finalmente se decanta por un aislamiento casi total que únicamente se ve alterado de vez en cuando y sólo en el caso de que sea estrictamente necesario, cosa que por lo general, sólo ocurre cuando se ve obligado a cumplir algunas de sus necesidades más básicas. También hemos dicho que tal necesidad de aislamiento, procede del dolor que le causa al sujeto todo aquello cuanto hay en el mundo exterior y en especial de todas aquellas situaciones que le recuerdan su estado. Pero de lo que no hemos hablado en cambio, es de por qué dicho enfermo parece ser incapaz de formar parte de ese “todo” el cual a pesar de sus múltiples deficiencias, es indudable que posee ciertas propiedades terapéuticas que muy bien podrían ayudarle a resolver su ya dichoso problema. Llegados a este punto nos encontramos pues con que quizás la explicación más plausible para esta inadaptación social, es la de que el sujeto y debido al mismo proceso de reducción de ideas al que lo llevado su enfermedad, ha llegado a tal conocimiento de sí mismo, a tal comprensión de sus dificultades, que ahora y cuando traslada esos mismos conocimientos a la señora que le vende el pan, o al amigo o amiga que viene a preguntarnos qué tal estamos, lo cierto del caso es que no puede evitar sentir otra cosa que no sea una decepción del tamaño de la isla de Manhatan, decepción que por añadidura, sólo puede ser contra atacada con el único instrumento que tiene a mano: un mayor aislamiento si cabe. En este caso sin embargo viene a producirse un hecho muy peculiar que sin duda nos llama poderosamente la atención, y es que el sujeto no sólo se hace cargo de su propia decepción ya de por sí inmensa, sino que además también se hace cargo de la decepción de los demás (se trataría pues de una especie de decepción universal si se quiere, es decir, el enfermo absorbe todas esas decepciones circundantes para después almacenarlas en su interior y echarse finalmente una soga bien resistente al cuello) con lo cual su enfermedad acaba por agravarse hasta unos límites ya inconcebibles. Otro dato que quisiéramos subrayar en lo referente a toda esta cuestión es la certeza de comprobar como una vez tras otra el enfermo aplica a todos los demás sus propios síntomas, y con ello las propias conclusiones a las que él ha llegado (se trata aquí sin duda de un error de apreciación del enfermo pues dicha apreciación parte de una premisa categóricamente falsa) con lo cual no es extraño que le parezca inaudito que tales personas no hagan nada para evitar su actual situación. Pero de lo que no se da cuenta por el contrario el enfermo es de que todas esas personas a las que él juzga y además condena, no perciben el mundo del mismo modo que lo hace él, sino que en la mayoría de los casos ni siquiera llegan a percibirlo de ningún modo. La suma de todas estas circunstancias, todas gravísimas, da como resultado que la franja ya de por sí gigante que separaba a nuestro náufrago con respecto al resto del mundo cada vez se vaya haciendo mayor, y tanto es así, que finalmente el afectado acaba por desistir decantándose por crear un mundo a su imagen y semejanza.
Entraríamos por tanto en la fase pura y dura del aislamiento absoluto. Hemos recorrido un largo camino hasta llegar aquí, y durante todo este trayecto no ha sido otra nuestra intención que irnos “despojando” del resto de melancólicos junto a los cuales habíamos iniciado esta clasificación, para una vez conseguido este primer objetivo, acompañar a Giselle de la mano por su tumultuoso y particular descenso hacia los infiernos. Sin duda atrás han debido quedar muchos otros que como Giselle sufrieron las consecuencias de una amenaza fuera esta del grado que fuera, pero que afortunadamente para ellos, y a diferencia de nuestra protagonista, sí es evidente que intuyeron unas consecuencias que la verdad, parece bastante sospechoso que una mujer de las características de Giselle no supiese esquivar al menos en parte. Tal hecho nos lleva por tanto a la suposición de que debe existir alguna diferencia entre Giselle y el resto de esos melancólicos que nos ha pasado hasta ahora inadvertida, y que debido a una importancia seguramente decisiva, ha sido la causante de que Giselle no haya sabido o no haya querido buscar nunca una vía de escape para su problema.
Es más, si contemplamos de forma objetiva la trayectoria seguida por Giselle durante todo este tiempo, podremos observar sin demasiada dificultad, como en ningún momento a buscado una salida eficaz a su estado depresivo, sino que más bien, ha hecho siempre todo lo contrario. Desde luego aquí habrá quien pueda objetar que como no sabemos que destino siguieron todos aquellos que en algún momento estuvieron o participaron de la misma situación que Giselle, es también imposible saber si en realidad no fueron estos otros quienes tomaron la dirección equivocada y no así Giselle. Pero si por el contrario partimos de la base de que al menos todos ellos sí se esforzaron por buscar una alternativa aunque después ésta resultase inefectiva, es decir, si aceptamos que todos ellos conservaron siempre cierto instinto de supervivencia aunque todo ello acabase desembocando en un inmenso error, pues entonces también caeremos en la cuenta de que por lo menos no fue porque no lo intentaran.
Giselle por el contrario no hace nada salvo trazar una vertical desde un punto A a un punto B como si de las coordenadas de un accidente mortal se trataran, y haciendo siempre caso omiso a las órdenes dictadas por un "sentido común" que en realidad no desea otra cosa que su propio bienestar. En lo referente a este punto también hemos podido observar que tal comportamiento debe obedecer por fuerza a cierta conducta de origen masoquista, ya que le resulta imposible infringírsela al mundo que la rodea y maltrata sin piedad. Pero sin embargo continuaría sin respuesta la cuestión de si efectivamente interviene en este proceso alguna otra causa más que se nos haya pasado hasta ahora inadvertida. En efecto, la única cosa que se nos ocurre es la posibilidad de que debido a la naturaleza imprecisa y sumamente intensa de su amenaza (recordemos que fue una máquina quien le auguró un futuro de lo más negro) en realidad Giselle jamás ha llegado a desprenderse por completo de ella, es decir, todavía espera de algún modo ser ejecutada, hipótesis ésta que vendría a avalar en un porcentaje muy elevado el por qué de su forma de actuar, o para ser más precisos, el por qué de su forma de no hacer absolutamente nada.
Tal hipótesis nos lleva a inclinarnos pues hacia la idea de que Giselle no intenta salvarse porque en lo más profundo de su ser, todavía cree que va a morir más temprano que tarde. Como también debe ser esa la explicación de que no tome medida alguna para protegerse pues en cierto modo, continúa considerando que aunque la máquina si bien es cierto que ha errado de forma incomprensible a la hora de precisar el momento exacto de su muerte, en cambio no ha debido equivocarse en absoluto a la hora de valorar los posibles daños generales. Es decir, Giselle a pesar de todo, se ve a sí misma como una muerta viviente, y de ahí que no haga nada por curarse pues como muy bien sabemos todos nada puede morir dos veces. En cuanto al por qué de esta aparente sumisión con respecto a un destino que a ella se le antoja como inevitable (aunque en realidad luego aparente actuar de forma totalmente opuesta, un ejemplo sería el abandono de su vida conyugal, o su posterior fuga hacia las montañas, o incluso su intento a la desesperada de reducir los riesgos a la mínima expresión) quizás habría que buscar las causas en su propia educación, que no lo olvidemos, es de origen católico con todo lo que ello supone. Ya en la primera entrevista que Giselle mantuvo con el doctor Steinberg pudimos observar con suma claridad, la rigidez de tales tendencias religiosas a pesar de que ella misma no duda en aceptar lo insostenible de tales argumentos. Asimismo, no sólo se trataría de la religión y sus posibles connotaciones negativas (el tema de su infidelidad, el aborto, etc.) sino que además habría que sumarle otro factor igualmente importante y de gran influencia sobre nuestra cultura; la creencia todavía hoy muy extendida de una especie de geometría u orden cósmico según el cual todo lo que empieza acaba, etc.
Pero si bien parece más o menos probado que hemos dado con algunas de las claves más importantes que explicarían el comportamiento de Giselle a la hora de enfrentarse a su destino (imprecisión e intensidad de su amenaza, un carácter incomprensiblemente estático de sus tendencias religiosas, la tendencia a creer en una especie de carácter circular y/o simétrico de los hechos) por el contrario no han quedado en absoluto claros los múltiples efectos derivados de ese mismo comportamiento ¿Hacia dónde la conduce tal encrucijada pues? ¿O cuáles son las aplicaciones que dicho comportamiento tienen en el mundo real, en su vida diaria y al margen de especulaciones y teorías de todo tipo?
Sobre esta cuestión habíamos dicho que Giselle llega hasta este punto como consecuencia de una política de “no acción” que acaba por degenerar a su vez en una fractura con respecto al mundo que la rodea, y de ahí que haya llegado un momento en el que se encuentre ya totalmente perdida en ese mismo mundo al que ya ni comprende ni quiere comprender. Además, fue ella misma quien cerró personalmente todas las puertas por donde creía que podía llegar el peligro en cualquiera de sus infinitas formas, así que ahora tampoco es extraño que no se atreva a dar marcha atrás y recorrer ese mismo camino pero en esta ocasión en la dirección opuesta.
A Giselle en particular tal situación acaba por resultarle irrespirable pues apenas se relaciona con nadie, y cuando lo hace, resulta que ha pasado tanto tiempo imbuida en sus propios pensamientos que ahora y cuando alguien le habla de tal o cual tema, no puede evitar sentir una sensación parecida a la de haberse dejado el televisor encendido. Otro de los problemas que le conlleva a Giselle el pasar demasiado tiempo a solas, es el de haber adquirido una infinidad de manías y excentricidades de todo tipo, que ahora difícilmente puede aplicar fuera de su casa sin que previamente la tachen de loca, con lo cual y para evitar daños mayores, Giselle se ve asimismo forzada a reprimirlas al menos cuando se encuentra en algún lugar público con la consiguiente frustración y enfado que ello le supone. Pero no acaba ahí la cosa, pues luego está el tema de la unilateralidad, de los “totalitarismos”, pues al haber tomado Giselle todas y cada una de sus decisiones sin consultarlas con nadie, lo que pasa es que todo cuanto hace y todo cuanto dice parece ser algo así como la víctima inocente de una dictadura sólo comparable a uno de esos regímenes estalinistas en los cuales nadie podía levantar la voz sin esperar ser fusilado después por ello.
Así llegamos a su segundo invierno en soledad. Los días cambian de color y ahora es un gris nauseabundo el que lo cubre todo. Además, en la calle hace un frío tremendo que provoca que la gente permanezca placidamente en sus casas durante días y semanas al calor del fuego y las familias. A Giselle en cambio le cuesta horrores levantarse, le cuesta horrores dormirse. Le cuesta horrores incluso concentrarse. Comenzaría aquí la temible fase de las intoxicaciones. Los barbitúricos le permiten al menos de una forma transitoria salir adelante hasta que finalmente acaban por convertirse en un problema en sí mismos. De ahí a la siguiente y última fase: paso número uno marcarse un día concreto; fecha, hora, incluso un minuto determinado para evitar con ello posibles postergaciones, y paso numero dos, dirigirse al cuarto de baño, y cometer, tal y como se conoce en algunos círculos policiales, "el crimen perfecto".
domingo, 7 de agosto de 2011
El crimen perfecto (III)
Y sin embargo eran sólo las siete de la tarde cuando Giselle puso sus pies sobre él. Cinco horas de viaje y ¡zas!. Ya lo había conseguido ¿Un milagro? En absoluto. De niña había pasado largas temporadas allí.
¿Pero y qué hay del destino? ¿Qué pasa con él nos podríamos llegar a preguntar? ¿Cómo escapa uno de lo que se supone que haga lo que haga le va a suceder? ¿Dicen que dos más dos son cuatro no? Entonces, ¿cómo hacerlo para que el resultado y aunque sólo sea por una vez resulte diferente, es decir, sea por decir algo cinco o seis, da igual? ¿Es suficiente con desaparecer por una temporada y esconderse en un pueblo para dejarlo a un lado y comenzar a escribir otro nuevo, más acorde con lo que nosotros esperamos de Él? Y aún más ¿Podría ser posible entonces que fuese así de fácil manipular las cosas y huir de esa especie de determinismo perfecto, esto es, de todo aquello que se espera nos vaya a suceder? ¿Y de ser así, qué pasaba entonces con la máquina? ¿No habría vaticinado también ella todos y cada uno de esos movimientos posteriores al diagnóstico, a la huída en la que ahora se había abocado Giselle y que desde luego también habría previsto la dichosa máquina? ¿Tan estúpida iba a ser? ¡No, desde luego que no! Pero en cualquier caso Giselle no pensaba quedarse cruzada de brazos a la espera de acontecimientos. Todo lo contrario. Si alguien estaba dispuesto a dar un primer paso en pos del enemigo, esa era precisamente Giselle.
En efecto. Tan pronto como Giselle pone sus pies sobre Darkaar diseña un plan el primer punto del cual es el de darse a conocer a fin de evitar las siempre molestas preguntas. Lo consigue. Para ello utiliza como medio tanto su indudable belleza, como su simpatía, así como el prestigio del cual ha gozado siempre su familia y en especial el de su abuelo materno (hombre que gracias a su generosidad e inteligencia evitó muchísimas muertes en la gran guerra y en particular cuando el enemigo entró en plan aspirador en la provincia) para a partir de ahí irlos aleccionando uno a uno a fin de evitar que su presencia en un pueblo tan pequeño se convierta en un acontecimiento social. Lo vuelve a conseguir. En este caso sin embargo el camino escogido no ha sido el de utilizar sus virtudes y posición social para crearse una opinión favorable que después pueda utilizar en función de sus intereses, sino que en esta ocasión se ha decantado por la elaboración de una red de mentiras las cuales le deberían permitir justificar su actual situación:
- Mentira nº 1: Se ha divorciado de su marido como consecuencia de los malos tratos a los que éste la sometía y la seguiría sometiendo de conocer su paradero.
- Mentira nº 2: Busca tranquilidad y aislamiento absoluto hasta que por fin recupere la normalidad tanto tiempo perdida.
- Mentira nº 3: Su objetivo es escribir una pequeña novela histórica sobre la influencia de su familia en la comarca y viceversa.
Sea como sea Giselle se sale una vez más con la suya. La explicación para este nuevo éxito es que la gente del pueblo, en su mayoría ancianos, siente una gran compasión por su nueva y bellísima hija adoptiva, hecho al que habría que añadir la deuda histórica que el pueblo cree tener contraída con la familia de Giselle. La amenaza exterior por tanto se disuelve. Según el plan diseñado por Giselle ahora y una vez interrumpidas las comunicaciones exteriores, se trataría de afianzar su seguridad a “nivel interno”, y eso es precisamente lo que hace. Afianzar su seguridad a “nivel interno”. Punto número dos: averiguar por todos los medios posibles qué habitantes del pueblo son potencialmente peligrosos y cuáles no. A este respecto Giselle indaga. Pregunta. Espía, etc, etc, etc.
Una vez asegurada su seguridad a nivel local Giselle concentra todas sus energías en intentar evitar cualquier tipo de accidente. Partiendo de tales premisas Giselle vende su flamante todo terreno. De hecho el trabajo en el campo los convierte en herramientas muy útiles para cualquier tipo de tarea y de ello se aprovecha Giselle para sacar un buen dinero por él. Se compra a fin de protegerse, un cachorro de pastor alemán. Deja de fumar. Comienza a comprar comida de la mejor calidad e incluso se construye un pequeño huertecito en la parte posterior de la casa en el que planta algunas hortalizas tales como tomates, pimientos, cebollas, patatas, etc., etc., así como algunos árboles frutales que si todo va bien, para la primavera siguiente ya estarán dando sus saludables frutos. Del mismo modo Giselle construye también un pequeño corral en el cual poco a poco irá introduciendo algunos animales de granja tales como gallinas, conejos, palomas, etc., etc. Todas las tardes sin excepción Giselle corre de cuarenta a cuarenta y cinco minutos con frenética intensidad.


