Una de las ventajas más interesantes que sin duda ofrece Internet y con ella la edición de blogs, páginas web, redes sociales, etc. etc., etc., es como poco, la de conceder a todos aquellos que la utilizan, la posibilidad de editar de forma inmediata, continua y casi infinita, cualquier tipo de producción que haya salido de sus cerebros. El resultado de todo ello es un producto que a diferencia de lo que venía ocurriendo en el pasado, nunca, jamás y bajo ningun pretexto, dejará de crecer, cambiar y adaptarse a las circunstancias en las cuales por fuerza deba desarrollarse, hecho que nos hace pensar a su vez en la mismísima vida y existencia de las cosas que -para que nos entendamos- esta vez sí son cien por cien "reales".

Este blog de lo que trata por tanto es de aprovechar esos "vericuetos" virtuales, y a partir de ahí equiparar la literatura (en otro lugar pasará lo mismo con la música) a un estado muy próximo a la existencia. A un estado en el cual "como en la vida misma", las cosas puede que un día sean fantásticas y al siguiente no valgan absolutamente nada, pero lo que no pasará nunca es que continuen siendo perezosamente iguales a como lo habían sido siempre. Porque, ¿alguien ha tenido alguna vez el placer de conocer a alguna persona que estuviese totalmente finalizada? O más aún: ¿alguien puede precisar el día y la hora en que tal o cual sentimiento se extinguió para siempre?



sábado, 2 de abril de 2011

"Carolux Rex" de Ramón J. Sender


Parece ser que todo país en un momento u otro de su trayectoria histórica acaba por adentrarse en el terreno casi siempre deslizante de las situaciones absurdo-surrealistas, y es precisamente a uno de esos momentos de la historia de España al cual Ramón J. Sender, con una mezcla de sorna y preocupación, dirige sus “rayos catódicos” en su obra Carolux Rex. Pero la naturaleza de los hechos que Ramón J. Sender nos muestra en la mencionada novela -tampoco nos traumeticemos- no es ni mucho menos exclusiva de nuestro país, y si no, ahí están los libros de historia para demostrarlo tantas veces como sea necesario. Es decir: ¿en qué concurso de televisión no se ha mencionado alguna vez aquel célebre episodio de la historia de Grecia en el cual Jerjes, el más soberbio de todos los reyes persas, ordenó azotar al mar con unas cadenas por haber impedido su victoria sobre los atenienses en la mítica batalla naval de Salamina? ¿o qué estudiante de historia antigua no conoce aquella famosa anécdota de la historia de Roma según la cual Nerón, casi con toda probabilidad el más caprichoso de todos los emperadores romanos, quiso que su caballo fuese proclamado cónsul como si aquello fuese una práctica política de lo más habitual?. Los ejemplos, en fin, son muchos y variados, y sin embargo, la verdad es que no por ello dejan de causarnos cierta sensación de irrealidad y confusión. Pues bien, en el caso particular del Carlos II que Ramón J. Sender nos presenta en su obra Carolux Rex, sucede, salvando las diferencias, algo parecido, de tal modo que el lector acaba convirtiéndose en algo así como una especie de testigo incómodo que no acaba de comprender, no ya que un personaje de las características de Carlos II llegase a ser el rey de la corona hispánica con todo lo que ello suponía (pues al fin y al cabo la historia es la que es y por lo tanto nada podemos hacer ya por cambiarla), sino que la verdadera dificultad radica más bien en el hecho de tratar de comprender cómo pudo llegarse a una situación semejante. Es decir, qué tipo de circunstancias tuvieron que darse previamente, para que una serie de acontecimientos tan excesivos, se colaran a través de los ojos de sus coetáneos como algo simplemente normal e incluso en cierto modo inevitable. Las principales causas son según el propio Ramón J. Sender varias, si bien todas ellas podrían agruparse en dos: en primer lugar una parálisis económica de proporciones bíblicas que obstruía como un coágulo todo el sistema financiero de corona hispánica (recordemos si no las dificultades de la propia reina para disponer de algo de dinero en efectivo), y en segundo lugar la extraña relación “instrumental” que mantenían Iglesia y Estado, y que como muy bien se puede apreciar a lo largo de toda la novela, no se sabe muy bien dónde comienza y dónde acaba. Es decir, quién, en definitiva, controla a quién. El resultado de combinar ambos factores resulta en cualquier caso inevitable: un estado de depresión y asfixia nacional crónico del cual el propio rey era únicamente la cabeza más visible y esperpéntica.

Pero además de este diagnóstico que como ya hemos indicado anticipa de forma muy visible el inminente colapso tanto de las instituciones políticas como de la sociedad “española” en su conjunto, Ramón J. Sender también nos introduce paralelamente en otras problemáticas de la época que sin llegar a ser tan decisivas, sin duda resultan igualmente fundamentales para avanzar secuencialmente en la comprensión global del problema. Es más, es precisamente mediante la suma de todas estas problemáticas llamémoslas “subsidiarias”, como se accede a la esencia misma del problema y no al revés. De esta naturaleza serían por ejemplo las constantes intrigas en la corte como consecuencia de las dificultades de los propios reyes para proporcionar un heredero que diese estabilidad al reino. Como también de esta naturaleza serían los múltiples abusos que comete la Iglesia especialmente en nombre de la Inquisición, y que tan gráficamente podemos observar a través de algunos de los pasajes -en mi opinión- más impactantes y surrealistas de toda la obra: la escena de la momia de un supuesto santo en la cama del moribundo Felipe IV, el harén que se construye el segundo inquisidor de Barcelona y que está formado -atención al dato- por más de cincuenta jovencitas de las cuales dispone como si fuesen electrodomésticos. O incluso el exorcismo al que es sometido el propio monarca ya hacia el final de la novela como si de hecho estuviese siendo tratado de un vulgar resfriado, no son más que algunos de los ejemplos más representativos que podemos encontrar en este sentido. Pero eso no es todo porque la lista es, en fin, mucho más amplia: la ejecución de un caballo en una horca “lógicamente” hecha a medida por haberse atrevido a lanzar a la reina al suelo, la cremación pública de los huesos de dos momias (sí, en efecto, de dos momias) por sus pecados cometidos en vida, los intentos del propio rey por intervenir en asuntos económicos con el consiguiente aumento de la inflación, la expulsión de todos los diplomáticos extranjeros de la corte por una simple cuestión de celos, etc, etc, etc.

Ahora bien, presentándonos un panorama tan saturado de escenas grotescas y esperpénticas ¿qué pretende exactamente el autor de la novela? ¿de qué, en definitiva, intenta prevenirnos y si es que efectivamente intenta prevenirnos de algo? ¿o es que por el contrario podría llegarse a la conclusión de que únicamente se trata de un simple ejercicio literario? ¿de una forma como otra cualquiera de entretenerse a falta de un pasatiempo mejor? ¿tan aburrido iba a ser el exilio? posiblemente sí, y sin embargo y aunque desde luego debamos reconocer que con ello estaríamos entrando en el terreno de la especulación, resulta bastante difícil creer que un hombre de las convicciones y compromiso político de Ramón J. Sender, escribiese un libro de tales características simplemente porque sí, por el simple hecho de entretenerse y nada más. Por el contrario y especialmente teniendo en cuenta el momento y lugar desde donde se escribe el libro (principios de los años sesenta desde el por aquel entonces exuberante y políticamente convulso exilio norteamericano) podemos atrevernos incluso a lanzar la hipótesis de que podría haber existido por lo menos en la mente del autor, algún tipo de conexión entre la España esperpéntica de la corte de Carlos II, y la España no menos esperpéntica que estaba dejando a su paso una dictadura que ya llevaba instaurada más de veinte años cuando Ramón J. Sender se decidió por fin a escribir el libro en cuestión. Pero cuidado porqué más allá de los puntos en común (más o menos justificados) que puedan establecerse entre uno y otro “régimen”: naturaleza poderosamente confesional del Estado, aislamiento social, político y económico con respecto a sus vecinos europeos, lo grotesco e incomprensible de sus respectivos líderes, etc, etc, etc, parece estar la intención del autor de subrayar con un rotulador bien potente, en primer lugar la dificultad que supone para cualquier homo sapiens detectar su contexto político y social a tiempo real, es decir, justo en el mismo momento en que ya ha comenzado a aplastarlo, y en segundo lugar y quizás se trataría aquí de una simple consecuencia del fenómeno anterior, la incapacidad de evitar que ciertos procesos ya no históricos sino simplemente humanos, se repitan una y otra vez como un viejo disco rayado.

domingo, 6 de marzo de 2011

La fiesta de cumpleaños

Es indudable que los acontecimientos parecen querer dirigirme hacia la locura más absoluta. Hacia la formación de una mancha de aceite de apariencia humana, que después se irá extendiendo sin dejar vacío ni uno solo de los orificios, entrantes o recovecos, de una vida que una vez puesta frente al espejo, no reflejará más que un inmenso agujero negro. Además, las cifras, como siempre, no dejan lugar a la duda. A mis ya casi cincuenta años de edad apenas poseo lo que ahora mismo llevo puesto, y que mejor prueba que esa para demostrar que he fracasado por completo. Que a pesar de mis prometedores proyectos de futuro, mi vida en realidad se reduce a una simple sucesión de derrotas para las cuales no puedo culpar a nadie salvo a mi mismo. Y es que el cuaderno sobre el cual escribo estas pocas líneas y al que tantos sacrificios he dedicado, jamás podrá teñirse con letras de oro.

El mundo para mí es como un enemigo perfecto. Jamás se equivoca. Ni una sola vez da un paso en balde.

Pero lo cierto es que tampoco en mi vida extra-literaria he conseguido logro alguno. Destacando de entre toda mi lista de desilusiones, mis más de diez intentos frustrados de suicidio, y que no vienen sino a confirmar mi ineptitud y cobardía, pues incluso a la hora de desaparecer no veo más que inconvenientes. Así que ¿no sería únicamente la idea de una vida posterior, de una rendija por la que poder espiar, lo que hace de la idea de la muerte algo mínimamente soportable? Y aún más, ¿no podría ser eso aunque visto al revés una solución? Quiero decir: ¿Qué se supone que debería hacer para desaparecer, morir, extinguirme tal y como al parecer es mi intención, pero al mismo tiempo pudiendo observar desde un pedestal, desde una tribuna segura y confortable, los efectos que esa misma muerte producirá en todos aquellos sobre los que (es algo evidente) pretendo dejar una impresión, una marca, la huella indeleble de un recuerdo incómodo? Es decir ¿cómo hacerlo para mantenerme vivo y muerto al mismo tiempo y de una forma incluso tonificante y divertida?

A este respecto la única solución que se me ocurre sería la de simular mi propia muerte, mi propio suicidio, a fin de observar después las huellas de mi vida, aunque eso sí, todo ello perfectamente vivo y desde luego capacitado para poder disfrutarlo sin pasar necesariamente por el mal trago de una muerte dolorosa y ciega. Tan negra y estrecha, tan honda, sorda y alargada, que ni aún caminando durante miles de años uno conseguiría tocar una de sus miles de entradas pero ninguna salida.

No en vano está demostrado que no existe un solo autor en este mundo al que no se le derritan la punta de los dedos al contemplar la posibilidad de su futuro éxito. En cómo su obra pasará de mano en mano y será leída y soñada hasta el infinito. Es más, el simple hecho de imaginárselo, de anticiparlo aunque sólo sea en una pequeña parte que difícilmente se corresponderá después con la realidad, es ya de por sí un motivo de excitación continua para la mente siempre agitada de todo artista-escritor-creador. Y es que sólo así tienen explicación todos esos libros-suicidio. Todas esas vidas-incendio, pues de lo contrario ¿cómo podría ser posible algo así?.

Partiendo de tales premisas por tanto, no es extraño que mi propósito y una vez examinado con detalle el problema, sea el de hacer todo lo contrario a lo que a mi modo de ver las cosas, no ha sido más que un inmenso error por parte de mis colegas y compañeros. Así pues, se trataría más bien de actuar del mismo modo que uno de esos soldados que en el momento álgido de la batalla, corren como topos a esconderse debajo de sus compañeros ya muertos, a fin de protegerse de una muerte que ellos consideran inservible y segura, y es que únicamente la muerte, aunque sea fingida, nos hace libres.

Ahora bien, parece igualmente obvio que tal propósito exige de una planificación previa, y es que no me imagino yo como podría emprenderse un proyecto de semejante envergadura sin haber realizado previamente, un estudio pormenorizado de cada una de las circunstancias que lo componen así como de los múltiples efectos que estas mismas circunstancias podrían causar una vez estuviesen puestas en marcha. La cosa debe ser, por tanto, sencilla. Tal y como aconsejan los preceptos de la literatura contemporánea cada cosa debe caer por su propio peso (nada de empujones!!!!) y de tal modo además que cada paso, cada movimiento dirigido en una u otra dirección, una vez superado se muestre como inevitable, como perfectamente sintonizado con respecto a la trayectoria que ya traían todos los movimientos anteriores y sin los cuales jamás se habría llegado hasta el punto en el que ahora -es un decir- nos encontramos. Resumiendo, a los ojos del más sagaz rastreador-investigador, el “producto” una vez finalizado, tiene que mostrarse tan coherente y lógico, tan estúpido y sencillo, tan evidente a pesar de que a nadie se le había ocurrido antes, que imaginárselo de otro modo sería poco menos que convertirlo en un poema de ciencia-ficción. Las preguntas derivadas por tanto deberán ser varias: ¿De dónde saco yo una obra no publicada pero que sin embargo sí sea lo suficientemente buena como para asegurarme el acceso directo al futuro inamovible de los escritores-mágico-eternos? ¿Escribiéndola? No, desde luego que no. Yo no soy lo suficientemente bueno para conseguir algo así, pero en cambio sí creo ser lo suficientemente bueno como para conseguir que otro lo consiga por mí. Ahora bien, de escoger efectivamente dicha línea de acción debería encontrar previamente a un escritor novel (o varios) que hubiesen acabado su obra, que no la hubiesen publicado por el motivo que fuese, y lo esencial, lo más importante de todo sin duda, que fuese lo suficientemente generosa como para que ya con ella bajo el brazo, me viese en disposición de intenetar el asedio final. Aquello por lo que tantas barbaridades habría cometido sin duda. Sin embargo tal plan conlleva una nueva cadena de interrogantes porque, ¿desde dónde podría tener yo acceso a todos esos escritores noveles, con talento, pero especialmente, que no encuentren salida para su obra? ¿O qué hacer con ese mismo escritor en el supuesto de que efectivamente lo encontrara y también supuestamente, cumpliese todos y cada uno de los requisitos por los cuales ha sido seleccionado? ¿Deshacerme de él evitando con ello sus más que seguras reclamaciones? ¿O financiarlo de algún modo satisfactorio para ambos para que de ese modo pudiese seguir con su labor, aunque eso sí, renunciando a todo tipo de reconocimientos posteriores?

Mi abuelo siempre me decía que la verdad más amplia es siempre la mejor.

Así a voz de pronto, el mejor lugar que se me ocurre para poder tener acceso al mayor número de obras posibles sería el de trabajar en una editorial. Por tanto el primer paso y de seguir con el mencionado plan adelante, sería el de encontrar un trabajo de cierta responsabilidad en alguna editorial (aquí debería utilizar las pocas influencias que aún me quedan) y no sólo eso, sino que además dicha editorial tendría que estar especialmente involucrada en el hallazgo de jóvenes talentos independientemente del valor “de mercado” de sus obras. A este respecto quizás lo más conveniente sería mantener un contacto directo y periódico con alguien especialmente escogido por mí y acreedor de mi más absoluta confianza (un viejo amigo quizás), y que una vez puesto al tanto de mis intenciones, cumpliría después en riguroso silencio con las órdenes que yo previamente le habría dado: encontrar a alguien potencialmente bueno, no concederle premio alguno pues sino estaríamos completamente perdidos, e inmediatamente después hacérmelo saber para que yo y una vez informado de todos los detalles, pudiese tomar las medidas oportunas.

Desde luego creo que no es necesario mencionar que dicho plan no iría únicamente encaminado a un único autor con todos los riesgos que una decisión así supone, sino que más bien la idea sería la de crear, la de establecer digamos, como una especie de entramado cuyo objetivo final sería el de separar el grano de la paja. En cuanto al tema de simular un nuevo suicidio se refiere, la verdad es que no creo que vaya a suponerme un gran esfuerzo superar un nuevo intento, y de ahí que siguiendo por esta misma vía, no crea necesario añadir nada más.

Ahora bien, si de verdad pretendo sacar adelante un proyecto de semejantes características, tampoco debería olvidar que nadie en su sano juicio se pone a escribir, y menos aún, algo que valga realmente la pena leer. De hecho si prestamos un mínimo de atención a algunos de los autores que mayor huella han dejado a lo largo de la historia de la literatura universal, podremos comprobar sin demasiada dificultad, como muy pocos de ellos llevaron lo que se suele decir una existencia confortable. Es más, la mayoría de ellos por no decir casi todos, poseen una biografía aún más alucinante que las propias obras que los vieron nacer a ojos de sus conciudadanos. A Dostoievski estuvieron a punto de crucificarlo por borracho, ludópata y traidor, así como que a la madre de Cervantes probablemente le hubiese dado un patatús bien grande si el día que su hijo sacó la cabeza de entre sus piernas, le hubiesen anticipado los caminos no siempre transitables por los cuales aquel pobre niñito de nariz ya seguramente respingona, tendría que transitar a lo largo de tantos años del mismo modo que el más estúpido de los hombres. Los ejemplos son, en definitiva, infinitos, y no sólo infinitos, sino que también son lo suficientemente variados como para poder extraer una conclusión sin temblar en lo más mínimo: si de verdad pretendo encontrar a alguien con verdadera potencia, alguien que de verdad tenga algo original que contar, no deberé buscar exclusivamente en las editoriales más conocidas de la ciudad, sino que lo más adecuado sería buscarlo en algún agujero infecto. En alguna lista del paro o algo peor. Fuera de todas las estadísticas que publica puntualmente el estado para tales asuntos.

Desde luego que con esto no pretendo decir que una persona moderada y cultivada, un profesor de universidad que haya estudiado en Oxford por decir algo, no pueda escribir algo realmente digno del más selecto de los lectores. Todo lo contrario. Quien mejor que un profesor de universidad educado en el extranjero para escribir grandes obras; dispone de tiempo, de dinero, de perspectiva, de una tranquilidad por lo menos aparente, de los conocimientos necesarios así como de los medios para emprender cualquier tarea que se proponga, y así sucesivamente. Pero si por el contrario partimos de la base de que a mi tales escritores no me interesan lo más mínimo debido precisamente a esa "facilidad" con la que abordan cualquier empresa, pues entonces caeremos también en la cuenta de que los autores que realmente me interesan son aquellos que debido a lo insostenible de sus vidas, a lo incierto e inestable de sus futuros, se tuvieron que aferrar a las páginas de un libro como el que se aferra a un flotador en medio de un naufragio. Por tanto y paralelamente al plan expuesto con anterioridad (al tema de la editorial me refiero) sería de hecho muy aconsejable no descartar la posibilidad de que los autores más adecuados para el objetivo que hoy, aquí, en este preciso instante, me he impuesto, no tengan ni el coraje ni la confianza suficiente como para presentarse a concurso alguno, o no hablemos ya de pedir cita en una editorial para que un filólogo que en sus ratos libres no sabe ni qué hacer, le infle la cabeza con que si sus estructuras gramaticales no son correctas, o con otras cuestiones igualmente siniestras que nuestro “náufrago” jamás podría comprender por mucho empeño que pusiese en ello. De hecho el escritor que yo ando buscando, es aquel escritor que ante todo no se considera escritor, y en consecuencia ni se ciñe a unas formas estilísticas determinadas, ni menos aún a unos contenidos establecidos a los que rendirles cuentas, precisamente porque visto al revés, visto en definitiva como se debería ver, todo cuanto le rodea y que no es otra cosa que el material del cual se nutre como un mosquito, es ya de por sí susceptible de tener una forma y un contenido determinado. El autor que me interesa debe ser por tanto un hombre alejado, aislado, cuanto más mejor, de las ideas imperantes de su entorno. Manera de entender la vida esta que no hace otra cosa que arrinconarlo como a una escoba, pues como es lógico suponer, no hay hombre en este planeta por muy fuerte que sea, que pueda salir invicto de una batalla global contra el mundo del cual aunque no le guste, forma una parte muy activa. De hecho al hombre del que hablamos lo más probable es que le falten algunos dientes o tenga algún antecedente clínico o policial. En las conversaciones con sus amigos y si es que de verdad todavía conserva alguno, casi siempre permanecerá callado y únicamente intervendrá cuando él lo considere estrictamente necesario, pues intuirá que de no hacerlo, de continuar ausente, ese mismo grupo de amigos que todavía lo aceptan lo tacharían de extraño si de verdad expresase lo que realmente siente. Igualmente ese hombre del que hablamos pocas veces será visto en actos públicos (desde luego uno de sus peores enemigos) ya que como no puede ser de otro modo, estos le causarán unas depresiones dignas de ser estudiadas por el mejor psicólogo del mundo. Nuestro hombre es y debe ser por consiguiente un marginado, un aristócrata, un vagabundo, un ser vapuleado a pesar de su resistencia por una vida que no se anda con tonterías pues bastante trabajo tiene ya con todos aquellos que en un claro contraste, sí parecen realmente interesados en sus lecciones y consejos. Ahora bien, ¿cómo encontrar a un tipo así? ¿O dónde hallar a un hombre tan sumamente escurridizo y que si algo intenta con todas sus fuerzas es llamar la atención pero en absoluto silencio, es nadar siempre a contracorriente pero no porque él lo considere una norma lo cual sería una estupidez, sino porque los gigantes contra los que él se ha levantado en armas tienen la forma de unos dogmas que él quisiera ver destruidos? Aquí de lo que estamos hablando es, señoras y señores, de un soldado inmerso en una lucha infinita. En una guerra que nunca puede acabar porque aceptar su fin, la paz definitiva, sería el sinónimo perfecto de estar muerto. De lo que aquí estamos hablando es de un ser tan increíblemente ingenuo que no comprende que ni aun removiendo las aguas mil veces conseguirá ver jamás el fondo.

Desde luego no deberíamos pasar por alto que en realidad dicho comportamiento obedezca únicamente a una situación determinada y por tanto transitoria, y que una vez superado ese mismo problema que ha sido el causante de conducir a nuestro pasajero a una situación tan extrema, el sujeto en cuestión pase a reintegrarse en el grupo que tantas veces criticó pues a fin de cuentas era lo que realmente deseaba. Pero lo que el lector todavía no sabe es que a mí tampoco me interesan este tipo de personajes, y no porque tenga nada en contra de tales individuos (todo lo contrario, me parece una decisión muy sabia la de actuar con moderación evitando con ello futuros problemas) sino porque lo que yo busco nada tiene que ver con este tipo de personas. Es decir que, no me interesan en absoluto las personas que saben verle las orejas al lobo, sino que más bien sucede todo lo contrario, los personajes que realmente me interesan, son aquellos que aún viéndole las orejas al lobo, se lanzan contra él con más empeño y obstinación si cabe.

Por desgracia tal clase de hombres no abundan precisamente, y es que desde luego no parece una política de vida muy recomendable, la de ir al revés del mundo para que una vez agotadas sus fuerzas, todo vuelva a quedarse exactamente como estaba en un principio. Sin embargo la utilidad de tales individuos parece incuestionable, y es que si bien su aportación a la historia del hombre en cualquiera de los campos en que éste actúa parece más bien transparente, su ausencia por el contrario sí sería bastante destacable. Desde luego que también es muy cierto que a dichos personajes y si tuviésemos la posibilidad de mantener una conversación en confianza con ellos, nos dirían que a ellos personalmente tales cambios los traen sin cuidado, que ellos, en definitiva, no hacen lo que hacen empujados por una labor “humanitaria” ni mucho menos, sino que simplemente lo hacen porque no saben hacer otra cosa, porque no les “sale” nada diferente. Sin embargo que ellos no lo hagan con una intención determinada y encaminada a la mejora de la especie humana, no quiere decir que nosotros, todos aquellos que nos encontramos al otro lado de la frontera que separa la moderación del exceso, la mediocridad de la genialidad, la luz de la oscuridad, no podamos sacar alguna pequeña recompensa por ello. Tales individuos fueron no obstante los causantes de que hoy en día se escriba de una forma muy diferente a como por ejemplo lo hacía Aristóteles, o que hoy en día unos muchachos llamados Beastie Boys, hagan una música que muy probablemente habría bailado como un loco el mismísimo Mozart de haber tenido la posibilidad de escucharlos. De hecho sino fuera por tales personas el mundo seguiría exactamente igual que hace dos mil años, y algo así señores, un mundo como el que tales condicionantes nos prefigura, sería de todo menos una fiesta de cumpleaños.

lunes, 3 de enero de 2011

El picapleitos

Los hechos gritó el abogado defensor, de pie, desafiante frente al jurado, al acusado, y toda la ambición que había en él y en todos los que son como él. Ahora ciñámonos a los hechos continuó. A la realidad. No a lo que queremos que sea sino a lo que es. No a lo que querríamos tener sino a lo que tenemos. A lo que somos y no a lo que querríamos ser. Números Señoría. Dinero en el banco. Marca y modelo del vehículo Señor. Libros publicados. Discos grabados, premios concedidos y toda esa mierda que tan poco les gusta que les restrieguen por la cara a los soñadores que son como usted, y que siempre dicen: ¡Bla, bla, bla! pero que nunca hacen nada. «¡ABOGADO NO SE PASE!». Tiempo útil y tiempo malgastado señores y señoras. Con quien duermes cada noche y no con quién querrías dormir, follar, y todo las demás cosas que hace la gente cuando dice que se quiere. Yo me refiero a tener el suelo bajo tus pies y tú estar encima de ellos. Sí, eso, como a continuación. El suelo, los pies y después tú. «¡Perdone abogado, todo eso que dice está muy bien pero no conduce a ningún sitio! ¿A dónde pretende llegar? ¿Qué es lo que intenta hacernos entender?» Dos más dos señores y señoras del jurado. Señoría. Dos más dos es cuanto quería decir.

sábado, 4 de diciembre de 2010

El coro

Como lápidas puestas en pie los veo ir y venir por avenidas y bulevares,
por autopistas de cuatro carriles y televisores de quinientos canales,
por edificios de doce plantas y elecciones electorales.

Como una lápida puesta en pie me veo ir y venir como una escopeta de doscientos cañones.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Maldita literatura

Barcelona, 29 de julio del año de nuestro Señor 2041.

El bueno de Claudio está ahora en un bar tomándose un café con leche tranquilamente, y mientras hojea la sección de sucesos del periódico digital buscando en él algo en lo que poder convertirse esa misma noche, alguien se le acerca por detrás y le escupe sin miramientos: «¡Perdone que le interrumpa caballero, pero yo le conozco! ¿No se acuerda de mí verdad? ¡Mi nombre es Severiano! ¡Sí, como el personaje de esa película cuyo título ahora mismo no recuerdo! ¡Pero no, por la cara que pone ya veo que no! ¡En fin, quizá le refresque la memoria si le digo que le vi personalmente allá cuando era corresponsal de guerra en Israel. Sí, es más, no fue precisamente allí donde le mataron? ¡Claro que sí, estoy convencido, en 1967, durante la guerra de los seis días y toda aquella patraña contra los egipcios! ¡Y ahora que lo veo más de cerca! ¿No es usted también aquella jovencita que fue salvajemente asesinada en Londres allá por el año 1886, sí maldita sea, aquel terrible asesinato que no llegó a resolverse nunca y que creó una gran conmoción durante algo más de seis meses en todo el condenado país? ¡Sí maldita sea, y no me mire con esa cara le digo, ocurrió una sangrienta noche de invierno en St. James Park recuerda? ¡Pero qué digo, y tanto que es usted! ¡Yo no me equivoco nunca cuando se trata de reconocer caras! ¡Su cadáver fue hallado hecho pedacitos, je, je, es más, según se decía, habían trocitos por todas partes, incluso sobre las ramas de los árboles se encontraron restos de dedos, algunos manojos de pelo y otras cosas por el estilo que ni me atrevo a mencionar! ¡Pero menuda guarrada que le hicieron eh? ¿Pero sabe una cosa? ¡De entre todas las veces que hemos coincidido, y aunque usted no lo recuerde han sido varias se lo puedo asegurar, yo sin duda me quedo con aquel mugriento asesino que solía ser usted allá por el año 1942, aquel palurdo sureño que se creía un poeta y que fue sembrando de cadáveres la carretera que va desde Alburquerque hasta Las Cruces como si estuviese plantando maíz, sus poemas como usted los llamaba! ¡Je, je! ¡Que mala leche, pero que tío más cachondo que es usted y que humor más siniestro el suyo! ¡En fin, aquello sí que fue toda una hazaña! ¡Veintitantos fiambres entre ellos niños y ancianas desvalidas y usted como si nada, pavoneándose entre todos aquellos soldaditos de plomo antes de que lo friesen en la silla, en la cruz como usted mismo la calificó en aquella entrevista concedida para la televisión estatal! ¿Pero de verdad que no se acuerda de mí? ¡Pero bueno, volviendo al presente! ¿Qué casualidad no le parece? ¡Usted y yo aquí, en esta ciudad llena de bárbaros! ¡Pero que estoy diciendo, sé que todo esto le resultará de lo más extraño, ya sabe, lo de que alguien se presente así de repente sin que usted lo conozca y todo eso, pero es que yo para estas cosas tengo una memoria de elefante! ¡Es más, hay ciertas caras como la suya sin ir mas lejos, que una vez las he visto no se me olvidan nunca! ¡Nunca! ¡Pero bueno, tampoco era mi intención incomodarle e interrumpir su lectura que como veo, es de lo más interesante! ¡Así que, de veras que lamento mi intromisión, pero repito, cuando reconozco a alguien, cuando veo a alguien que ya he conocido con anterioridad soy incapaz de reprimirme, ya ve, tengo que acercarme y decirle algo comprende! ¡Cualquier cosa y por estúpida que sea! ¡Ahora, eso sí, sólo una pregunta más y después le dejaré en paz! ¿Pero cómo lo hace usted para mantenerse tan bien? ¡Ya sabe de lo que le hablo, quiero decir, que tiene usted un aspecto formidable! ¡De verdad, ciertamente formidable! y por último ¿Y dónde se ha metido durante todo este tiempo Sr. Claudio? ¿Qué ha hecho? ¿A qué se dedica exactamente en la actualidad? ¿O es que ahora ya no se llama Claudio?».

La irrupción de aquel extraño ha dejado a Claudio extraordinariamente conmocionado. Atónito ante el hecho del que sin duda, acaba de ser testigo ¿Pero cómo es posible se pregunta el bueno de Claudio que un desconocido, allí, en aquel bar precisamente, un tipo al que no había visto jamás, porque eso es seguro, que no lo había visto nunca, supiese tanto sobre su vida privada, su nombre por ejemplo, o el contenido de las historias que él mismo ha escrito por las noches a escondidas y en su habitación, en aquella misma pensión para turistas en la que vive desde hace poco más de dos meses. Pero a la vez, y esto es lo más alucinante del caso desde luego, atribuyéndole los rasgos físicos de sus personajes, su apariencia psíquica e incluso la época en la que vivieron y murieron, y por si todo esto no fuera todavía suficiente locura -que lo es- hacerlo con toda normalidad además, así, con toda tranquilidad y lujo de detalles. Es decir, como si fuese lo más normal del mundo ser un hombre y una mujer al mismo tiempo, en diferentes épocas y lugares, muertos o vivos? Ahora bien, y esto ya si suponiendo lo “insuponible” ¿Pero por qué y sólo en el caso de que todo aquello pudiese ser real, algo imposible desde luego, todas y cada una de las historias acaban según aquel tipo le había explicado de forma totalmente diferente a como él las había escrito? Por ejemplo, en sus libros el periodista del que aquel tipo le había hablado, no había muerto, como tampoco lo había hecho la chica de Londres de la que tantos detalles le había proporcionado aquel mentecato. En cuanto al asesino, bueno, el libro del asesino todavía no estaba acabado, y la verdad, no creía que pudiese acabarlo nunca.

Sea como sea Claudio finalmente se decanta por olvidar todo el asunto y actuar como si no hubiese ocurrido nada. Además, en este caso en particular no parece haber explicación alguna, así que en cierto modo tampoco tiene demasiado sentido darle más vueltas a la cabeza, y menos aún, por algo que seguramente no es más que otra mala jugada de una imaginación desbordante. AUTÓNOMA e INDEPENDIENTE. Así que tal y como su buen amigo el Dr. Gómez le recomienda cada vez que va a su consulta, pues bien: «Mi buen amigo Claudio, o dejas de inventarte cosas, o al final serán las cosas las que acabaran por inventarte a ti». De modo que ya algo más tranquilo tras este último recordatorio, es cuando Claudio retoma el periódico precisamente por allí por donde lo había dejado.

"... Esta mañana en el céntrico barrio del Raval de Barcelona ha sido hallado el cuerpo sin vida del famoso novelista y librepensador Claudio Nardiello. Conocido en el mundo entero por su polémica teoría de las "Palabras Vivientes", y que junto con el prestigioso científico mejicano Daniel “persecución” López, les había valido la consecución del Premio Novel de Literatura y Física respectivamente en el año 2050 además de múltiples beneficios económicos gracias a la multinacional Living Words Technologies. Su cadáver, que fue encontrado boca arriba, maniatado y con múltiples impactos de bala tanto en la cabeza como en el resto del cuerpo, fue descubierto por una joven turista alemana que tras el terrible hallazgo informó de inmediato a las autoridades las cuales se personaron en el lugar de los hechos algunos minutos más tarde. Según el mismo portavoz de la policía nacional, el comandante de origen boliviano Nelson William Irabiel (lo recordaran también por el famoso caso de pederastia que convulsionó la ciudad como un terremoto) el motivo podría estar relacionado con el último proyecto en el que la víctima estaba trabajando, pues al parecer tanto sus papeles así como su ordenador portátil habían desaparecido de la escena del crimen. «Lo que más nos ha sorprendido de todas maneras» han sido las palabras textuales del comandante Gutiérrez «es la brutalidad del crimen. El ensañamiento. La voracidad en definitiva del asesino o asesinos».

viernes, 5 de noviembre de 2010

El coro

Ayer me despedí de ti en el sepulcro de mis sueños,
en el cementerio de las cruces de tu pelo negro.

viernes, 1 de octubre de 2010

El humanista

(Parte II)

Como no podía ser de otra manera los primeros en interesarse por el increíble potencial de la proteína MS4 fueron los investigadores del ejército norteamericano los cuales vieron en ésta (tampoco hace falta ser Aristóteles para darse cuenta) la posibilidad de múltiples aplicaciones tanto civiles como militares. Soldados experimentados con tan sólo dieciocho años de edad que formarían batallones invencibles, o espías políglotas que se moverían por todo el globo terráqueo a la caza de algún secreto de estado, etc, etc, serían a partir de ahora tan factibles como fabricar un tornillo o un bolígrafo de color azul. Pero la cosa podía ir mucho más allá desde luego, mucho más allá. Senadores, jueces, e incluso presidentes del gobierno con la experiencia del mismísimo Julio Cesar de haber seguido vivo durante todos estos años, gobernarían el mundo con sus sabias decisiones, y así, un sin fin de maquiavélicos mutantes más estratégicamente repartidos por toda la corteza terrestre los cuales a la postre acabarían formando lo que en su conjunto sería el ejército más poderoso del mundo. Es decir, una nueva raza no ya aria como la que había soñado Hitler en su momento, sino más bien “sabia”, más al estilo de los griegos o ilustrados franceses pero con un toque personal más acorde con los nuevos tiempos, era sin duda posible. En conclusión, los militares norteamericanos habían visto en la proteína MS4 más que la posibilidad de una raza de súper hombres, la oportunidad de meter todo el conocimiento humano, toda la historia y todos los descubrimientos acumulados hasta la fecha, en la mente de un niño, por decir algo, de diez años.

A partir de ese momento y gracias a ellos las investigaciones sobre la proteína MS4 pudieron seguir adelante precisamente allí donde Moebius las había dejado bien fuese por falta de medios, bien sencillamente porque era incapaz de proseguir con sus investigaciones sin que ello implicase dar más palos de ciego. De hecho uno de los primeros descubrimientos llevados a cabo por los investigadores norteamericanos fue que la proteína MS4 no era sólo propia de los seres humanos, sino que también algunas plantas y animales, mamíferos en su mayoría, la poseían en grandes dosis. Asimismo los científicos también descubrieron (y aunque esto en cambio no fue ya un paso adelante sino que más supuso un enorme contratiempo) que la proteína no podía ser manipulada así como así, pues siempre, y fue aquí donde comenzaron a llegar los problemas, el resultado, el rebote con el que ya se había topado Moebius en su día y que él mismo aseguraba no comprender en absoluto, era algo así como si nunca siguiese una misma pauta de comportamiento. Es decir, a veces los “pacientes” se morían repentinamente, otras en cambio se suicidaban o cuanto menos intentaban hacerlo, otras asesinaban a sus compañeros, otras simplemente se convertían en niños y en niños se quedaban para siempre, no evolucionaban, no crecían, o al menos no mentalmente. Pero la cosa no quedaba ahí porque después había otro grupo de pacientes a los que les pasaba justamente lo contrario, esto es, evolucionaban demasiado, se convertían en sabios con miles de años de experiencia y tanto era así que intentaban escabullirse de sus captores comprometiendo con ello el avance del proyecto. Desenlace éste, más que probable por otro lado. Así que era evidente que había alguna pieza que no encajaba ¿Pero cuál? Se preguntaban en pasillos y laboratorios los investigadores claramente desconcertados ¿Dónde y por qué estamos fallando?.

Fue precisamente entonces cuando alguien del equipo sugirió como medio para salir de aquel callejón sin salida, buscar a Cero y averiguar de él todo cuanto fuese posible. La idea no hace falta decirlo, era sacarlo de allí donde estuviese, y entonces sí estudiarlo al milímetro para ver si así y con un poco de suerte, descubrían algo que se les hubiese pasado por alto. Cualquier pequeño detalle por insignificante que fuese. La cosa estaba bastante clara: sólo en Cero se habían dado las circunstancias tanto físicas como mentales necesarias para “domesticar” los efectos secundarios de la famosa proteína, y de ahí que quisieran encontrarlo. Esto es, averiguar qué había de exclusivo en él que no hubiese en el resto de pacientes.

El día en el que el agente especial de la CIA Jeff Fisherman por fin encontró a Cero, éste ni estaba en la costa mediterránea ni tampoco en América del Sur esperando a que le mataran tal y como se había especulado en multitud de ocasiones. De hecho Cero y según él mismo explicaría más tarde jamás en su vida había estado en tales lugares a excepción de algún que otro viaje “relámpago” a zonas por lo general muy próximas a su casa, factor éste que quedaba perfectamente demostrado por su gran, como decirlo, sedentarismo. Además, según también su propia versión de los hechos él jamás habría intentado difundir la idea contraria en lo que a su paradero se refería, siendo quizá la mejor prueba de que efectivamente así era, que llevaba una década más o menos empadronado en el mismo sitio, esto es, en el ayuntamiento de St. Maló (en la costa atlántica francesa), y no sólo eso, sino que además ellos mismos podían comprobarlo cuando y como quisieran pues eran muchos los datos y documentos administrativos que permitían corroborarlo.

Pero más allá del éxito que lógicamente supuso el hallazgo de Cero en un plazo de tiempo tan corto, lo que sin duda más sorprendió a los investigadores norteamericanos fue que Cero y ya desde un principio, se ofreciera voluntariamente a cooperar con ellos sin que en ningún momento parecieran preocuparle las evidentes molestias derivadas de un tratamiento científico-militar de aquellas características. Es más, Cero, de algún modo, incluso parecía complacido de que todo se pusiera por fin marcha, y especialmente, cuando se le interrogó sobre la posibilidad de viajar a Estados Unidos pues allí iba a ser precisamente donde deberían tener lugar la mayoría de las pruebas médicas. Finalizados los preparativos se produjo el deseado traslado. El viaje se realizó en un avión privado que pagó íntegramente el gobierno de los Estados Unidos con el dinero de sus contribuyentes, y exceptuando el miedo que le causaba a Cero el volar en un aparato de las dimensiones de una caja de cerillas, el viaje se realizó sin contratiempo alguno y en un ambiente de cordialidad y tranquilidad absoluta. Una vez en tierra, lo trasladaron de nuevo. Este segundo viaje se efectuó en cambio por carretera durante algo más de doscientos kilómetros, y a excepción de la gran cantidad de preguntas que Cero formuló a propósito de casi todo cuanto se le cruzaba por delante, lo cierto es que poco más se podría decir a este respecto sino es que todo se desarrolló según lo establecido.

Las primeras pruebas fueron de carácter general e incluso en cierto modo, decorativas. La intención de los médicos era al parecer la de no hacer sentir ya desde un mismo inicio a Cero como un vulgar conejillo de indias, y de ahí quizá que se intentase por todos los medios no incomodarlo más de lo estrictamente necesario a pesar del retraso que tales concesiones suponían para correcto desarrollo de la investigación. Sólo así se explica por ejemplo, que en aquellos primeros días en el laboratorio ni se mencionase la posibilidad de someterlo al polígrafo (prueba que todo sea dicho más tarde superaría sin excesivos problemas) o ya y en un plano exclusivamente médico, la intención de empezar con la larga lista de pruebas previas al aislamiento de la proteína MS4. Pasados unos días más sin embargo, el cerco se fue estrechando dando paso con ello a innumerables pruebas, que todo sea dicho, Cero fue superando con una gran paciencia.

Pero al contrario de lo que esperaban tampoco en Cero los científicos encontraron nada diferente con respecto a los otros pacientes que ya habían tratado hasta lo absurdo. Todo lo contrario. Su cuerpo así como su mente, parecían los de una persona asquerosamente normal, o por lo menos, todo lo normal que podía ser un tipo de ochenta y cinco años de edad con una cara hecha como de pedazos de zapatos viejos, vestido como si se dispusiese a dar un paseo espacial, y con unos conocimientos de historia, política, astronomía, literatura, filosofía, física, ingeniería, arte, matemáticas o medicina por poner sólo algunos ejemplos, descomunales. Inabarcables sin duda para cualquier ser humano por mucho tiempo, inteligencia o constancia que hubiese dedicado al estudio y asimilación de tales asuntos.

La única diferencia destacable en todo caso es que aunque sí era cierto que la proteína estaba allí y que tal y como había asegurado Moebius en su día ésta padecía una especie de deformación y de ahí la enfermedad, en Cero y a diferencia de los demás, el proceso de aprendizaje posterior al desaprendizaje, el famoso rebote del que tanto hemos hablado y para el cual los investigadores no encontraban explicación alguna, en Cero curiosamente parecía estar estancado, y la mejor prueba de ello es que él mismo era el primero en dar fe de que, desde hacía bastante tiempo, le resultaba imposible aprender nada más. Es decir, el proceso, de algún modo, poco a poco se había ido frenando hasta detenerse por completo. Es más, se habían hecho algunas pruebas al respecto y no había error posible. De modo que tal y como estaban las cosas (y era por tanto aquí donde al parecer residía la diferencia entre Cero y el resto de enfermos) era como si aquel hombre ya hubiese aprendido todo lo que tenía que aprender, y en su cerebro ya no cupiese ni un solo conocimiento más. Es decir, que era como si su mente estuviese a punto de rebosar, o quien sabe, ya lo hubiese hecho, y nadie hubiese caído en la cuenta de que algo así pudiese realmente llegar a producirse. En cualquier caso lo que sí quedó claro a partir de ese momento es que estaban avanzado hacia algún punto, aunque la verdad es que tampoco parecían saber muy bien cuál era ese punto.

Fue precisamente a partir de entonces cuando los investigadores se decantaron por darle un giro a todo el experimento y orientar las pruebas hacia un ámbito más psíquico, interior y mental. A partir de entonces comenzaron a efectuársele algunos test de inteligencia dando en todos ellos idéntico resultado. Es decir, que ni era más inteligente ni más estúpido que cualquiera de los que allí trabajaban por ejemplo, y menos aún, un superdotado tal y como algunos habían llegado a creer con total convencimiento. Así que, mira tú por donde los investigadores habían descubierto casi por casualidad algo nuevo, y ese algo fue que los conocimientos de Cero no dependían en modo alguno de su inteligencia, y menos aún de que la proteína MS4 convirtiese en más o menos inteligentes a las personas a las que afectaba. Si no que simplemente, lo que sucedía es que la proteína les ofrecía una oportunidad tras otra de reescribir sus propios conocimientos. Algo así como de dar una nueva capa de información a todo cuanto ya sabían hasta un punto, eso sí, finito, pues por decirlo de una forma sencilla, el cerebro humano al parecer tiene un límite, una capacidad máxima, y una vez se alcanza ese límite, esa capacidad máxima sea cual sea pues eso también puede variar en función de la persona afectada, el proceso parecía volver a comenzar pero en esta ocasión en sentido contrario. Lo que habían descubierto los investigadores por tanto y a falta de una comprobación posterior que sólo conseguirían reteniendo a Cero por algo más de tiempo, era que su cerebro actuaba a modo de una pista de tenis sobre la cual se jugaba un partido en el que a veces golpeaba el aprender, y en otras el desaprender. O sea, para que nos entendamos pues no siempre resulta sencillo visualizar estas extrañas abstracciones mías, todo indicaba que una vez el cerebro se llenaba después se tenía que vaciar y vuelta a empezar ¿Hasta cuándo? Eso en cambio tampoco lo sabían.

La siguiente sorpresa no fue de tipo médico tal y como a muchos les hubiese gustado sino que resultó ser más bien de tipo exclusivamente literario. La explicación para este hecho en principio inesperado fue que Cero y seguramente convencido de que la investigación había entrado en un punto muerto, se decantó por encerrarse en su habitación con el firme propósito de ayudar en la medida de lo posible, y todo ello gracias al único medio que quizá tenía de hacerlo; escribiendo sobre su pasado con la esperanza que aquello pudiese esclarecer algunos aspectos de su enfermedad. Así pues Cero escogió como punto de partida para aquel extraño relato suyo su obra más célebre y conocida, el Cubo de Rubbick, y de ahí hacia adelante con un estilo sobrio y muy depurado, decapado incluso, hasta Fisherman y aquella heladería de Sant Maló en la que lo habían encontrado hablando con un perro callejero muy amistosamente. El objetivo según el mismo Cero no era otro que el de describir con todo lujo de detalles sus años perdidos (casi cincuenta en total) para ver si así podían conseguir sacar algo en claro de toda aquella maraña de fechas y lugares, de recuerdos e invenciones, de infancias y terceras edades, por si acaso podía serles útil de algún modo.

Así pues y según el propio Cero, sus intenciones al escribir aquel pequeño diario de apenas cien páginas, era en primer lugar dejar constancia escrita de los síntomas puros y duros de su enfermedad; perdidas de memoria, desaprendizajes, aprendizajes, etc., y en segundo lugar averiguar cómo y de qué modo la enfermedad había afectado a su vida personal. «Caballeros, se trata de separar el grano de la paja» había escrito. «De extraer como si dijéramos algo que no me haya inventado, o lo que vendría a ser casi lo mismo en este caso, algo que no haya escrito». No obstante Cero ya lo había dejado muy claro en el encabezamiento de aquel pequeño cuaderno escrito de su puño y letra: «Mi único Dios es esa proteína pues sólo su mal o su buen funcionamiento puede explicar el sentido de mi vida». Por la parte que al Cubo de Rubbick le tocaba Cero mencionaba especialmente el mucho esfuerzo que le había costado escribirlo, así como las largas sesiones de corta y pega, el insomnio, las lecturas interminables, la recopilación de datos, etc., etc., pero también y con la firme intención de no mostrarlo únicamente como un tormento, la increíble satisfacción que había sentido al acabarlo, pues era, según sus propias palabras, aunque no su mejor obra, sí la primera de una larga serie de libros magistrales que fueron viniendo después y que quizá algún día saldrían a la luz. «Ya veremos» afirmaba Cero de un modo todo sea dicho, un tanto enigmático.

La cuestión es que una vez superaba estas primeras líneas Cero cambiaba de registro para pasar a esforzarse por mostrar su lado más humano. Por abrir su corazón digamos, y volcar su contenido de la misma forma que una cuba vuelca una tonelada de tierra en un edificio en construcción que después cumplirá una función social y puramente compasiva. Por ejemplo, Cero dedicaba algunas de estas primeras líneas a hablar de su familia y de como todavía se acordaba en muchas ocasiones de ellos, de lo mucho que los echaba en falta en definitiva, y también de lo mal que su larga separación (casi de medio siglo) lo hacía sentirse especialmente cuando estaba sólo. «Los veo en sueños» escribía, «vienen hacía mí todos juntos y a la vez, pero sin embargo yo nunca sé que decirles, me quedo callado, en absoluto silencio, de tal modo que cuando por fin creo que voy a ser capaz de articular una palabra, cuando por fin veo cercana la posibilidad de que algo amable y dulce vaya a salir de mis labios, pues entonces ya es demasiado tarde porque ellos ya han desaparecido, ya se han ido, de tal modo que yo me vuelvo a quedar triste y solo como un niño perdido en medio de un baile». Pero de todos los miembros de su familia y si bien es cierto que Cero intentaba no hacer distinción alguna a la hora de medir el amor que por cada uno de ellos había sentido, sí parecía bastante evidente su preferencia por Deissy, la más pequeña de sus hijas, y de la cual no hacía más que contar maravillas.

De los años posteriores Cero afirmaba tener muchas lagunas mentales, aunque también, algo nada extraño si lo pensamos detenidamente, muchos recuerdos increíblemente nítidos que venían a oponerse decididamente a esas mismas lagunas que tanta inseguridad y desconsuelo parecían causar en lo más profundo de su ánimo. No obstante y con la intención de explicar tal fenómeno, Cero escribía que en realidad era como si su memoria fuese un tren, y ese tren, él se lo imaginaba de pasajeros y no de mercancías curiosamente, sólo estuviese formado por la máquina que lo arrastraba y por el vagón de cola. Es decir, sin vagones intermedios ni ninguna otra “pieza” que uniese ambas partes del tren. «Los recuerdos suelen presentase desordenados» explicaba Cero a este respecto. «Unos encima de otros y creando extrañas formas que si uno las observa desde la perspectiva de la memoria, desde la perspectiva del olvido, no puede hacer otra cosa que no sea perderse. Que no sea desorientarse y no saber si es aire lo que respira y tierra lo que pisa. «He llegado a un punto señores» continuaba escribiendo con un tono que pasaba de lo cómico a lo trágico sin la más mínima transición «en que todo cuanto hago es intentar escapar al precio que sea. Volver a lo que puedo tocar y puedo ver. Con eso me doy más que por satisfecho».

Ahora bien, de entre todas esas cosas que Cero sí recordaba con increíble exactitud, quizás lo más destacable serían la gran cantidad de libros que afirmaba haber escrito. Unos mejores y otros peores desde luego, pero eso sí, todos ellos escritos a un altísimo nivel, y por supuesto, no hace falta insistir en ello, muy por encima de la media. No obstante Cero afirmaba haber escrito a lo largo de su vida entre cien y ciento veinte libros entre los cuales, destacaban algunas novelas, bastantes tratados científico-filosóficos de diferente signo y temática, así como algunos extraños experimentos técnico-literarios difícilmente clasificables, lo cuales en su conjunto vendrían a formar lo que después, pasado el tiempo, daría en denominarse el corpus ceromaniano.

Unas líneas más adelante Cero cambiaba de tema y comenzaba entonces sí a hablar de la evolución de la enfermedad en sí misma a lo largo de todos aquellos años. Cuáles habían sido sus diferentes fases, cómo y de qué manera se había ido ésta desarrollando con su cuerpo y su mente como único escenario. En resumen, Cero y después de algo más de cincuenta páginas parecía haber acabado con cualquier aspecto secundario de la enfermedad, y ahora con paso firme y decidido, empezaba a ir a por el grano. A cerrar el círculo sobre lo que él consideraba realmente importante. De hecho Cero explicaba a este respecto como al principio de padecer la enfermedad, se sentía de una forma parecida a como él creía que debía hacerlo un niño con un juguete nuevo allá por el día de reyes, aunque eso sí, con un juguete nuevo no lo olvidemos, que nadie más en el mundo ni poseía ni podría poseer nunca por mucho dinero o influencias que tuviese. Así que según él, y supongo que esto lo decía a modo de simple demostración de su grado de sorpresa ante la evidencia de ser el único portador de tan singular enfermedad, Cero explicaba como por aquella primera época se pasaba los días escribiendo sin parar como si su bolígrafo estuviese alimentado con energía atómica. Es más, todos los libros sin excepción eran mayores de tres mil páginas, e incluso algunos, los más extensos, podían llegar hasta veinte mil páginas sin ningún tipo de esfuerzo. Pero sin embargo de esta época tan productiva reconocía el propio Cero, si bien es cierto que parecía sentirse especialmente orgulloso debido a su indudable fecundidad literaria así como a la gran fuerza de sus ideas, también lo es que debido a que no conservaba ni uno solo de todos aquellos textos, el dolor y la irritación provocados por tal hecho parecían sumirlo a veces en un estado ciertamente preocupante. Es decir, que de algún modo era como si Cero hubiese descubierto el fuego y ahora no recordara qué pasos había seguido hasta encender la llama.

Superada esta primera fase su relación con la enfermedad cambió. A lo largo de este segundo periodo Cero al parecer ya no escribía tanto, y en cierto modo (él lo achacaba a una simple cuestión de hiper-madurez creativa) los temas sobre los cuales escribía, tampoco eran tan fundamentales como lo pudieran haber sido los de su primera y “atómica” etapa. Es decir, que Cero ya no intentaba comprender el mundo y menos aún educarlo tal y como al principio había intentado hacer, sino que simplemente se limitaba a escribir con el único objetivo de hallar respuestas concretas para problemas concretos. O leo textualmente un párrafo en el cual es él mismo Cero quien nos da algunas pistas importantes sobre este cambio de orientación creativa: «Mi único objetivo por aquella época pasó a ser el de llegar al convencimiento absoluto de que todo aquello que escribía era realmente lo que yo quería escribir y no al revés. Es decir, primero el pensamiento, las ideas, la sombra de aquello pretendo llegar a comprender, y detrás, como una especie de eco invertido, las humildes palabras que en última instancia serán las encargadas de darle forma a esas ideas y a esos pensamientos».

No obstante y entre la obras más importantes de esta época destacan algunos ensayos bastante rigurosos relacionados con el origen de su enfermedad y los posteriores efectos de ésta, y es que al parecer Cero llevaba ya sobre la pista de la proteína MS4 algunos años -casi cincuenta años más de lo que pudieran llevar los propios investigadores norteamericanos- y sobre ella habría escrito infinidad de teorías que siempre (pues Cero no tenía ningún tipo de inconveniente en reconocer sus propias limitaciones) habrían acabado por ser víctimas de su propia incompetencia.

Más adelante (hecho que no hace falta decirlo causó un gran revuelo entre todo el equipo de investigadores) Cero desveló que había sido él precisamente, quien mediante una serie de cartas seguidas de algunos breves contactos telefónicos, se había puesto en contacto con el Doctor Moebius, lo recordaréis -el médico que escribió aquel famoso artículo en el que descubría el porqué del comportamiento de Cero- y todo ello con la única intención explicaba, en primer lugar de ponerlo sobre aviso en cuanto a las causas de la enfermedad para que pudiera así hacerse una idea del mapa total de la enfermedad, y en segundo lugar, de sondear las posibilidades de un proyecto conjunto para ver si así podían llegar a descubrir algo que él por sí solo estaba claro que era incapaz de conseguir; una medicina efectiva. No obstante Cero explicaba que fue él mismo quien le proporcionó a Moebius los otros pacientes, así como también reconoció ser el autor intelectual del artículo que después firmaría Moebius a modo de testaferro científico.

Pero si bien Cero reconocía haber sido la persona que de forma encubierta habría dirigido todos los pasos de Moebius en su investigación (en realidad lo presentaba más que como un científico aventajado a su tiempo, como a un títere olvidado por un niño al que ya le habían regalado un juguete mejor) la verdad del caso es que explicaba más bien poco por no decir nada de esa misma relación, y es que al parecer o al menos eso daba a entender Cero, si bien era cierto que habían llegado a conocerse personalmente en cierta ocasión en el mismo St. Maló, únicamente se habían visto esa vez y en realidad se había tratado de un encuentro informal de apenas media hora en el que además de las formalidades típicas en estos casos «hola, qué tal, cómo va todo» y demás, sólo se habrían intercambiado algunas informaciones más bien escasas, y en su mayor parte de carácter más formal que no de contenido. Así que en cierto modo añadía Cero tampoco podía explicar mucho más sobre Moebius y sus pequeños avances en lo referente a la enfermedad, porque dicho sea de paso, ni habían existido tales avances ni tampoco parecía disponer de mucha información al respecto a no ser que se la inventase. Ahora bien, en cualquier caso lo que sí parecía probado era la manipulación de Moebius por parte de Cero, y esto no hizo otra cosa que preocupar a los responsables del proyecto los cuales a partir de entonces comenzaron a hacerse preguntas del tipo: ¿Dónde ha estado Cero entonces durante todos estos años? ¿Por qué y con qué finalidad se ha dejado atrapar tan fácilmente? ¿Cuáles son sus conocimientos reales sobre la enfermedad? Y lo más importante de todo ¿Qué pretende exactamente de nosotros y hacia dónde pretende dirigirnos? Y así un sin fin de preguntas más todas ellas lógicamente sin respuesta.

De esta época añadir simplemente que Cero aseguraba conservar una pequeña parte de todo el material escrito (sobre un quince por ciento parecían rondar sus cálculos más optimistas) aunque también es cierto que se resistía a revelar su paradero por cuestiones según él estrictamente sentimentales. Todo está en manos de un buen amigo decía. En las manos de un valioso amigo en el que confío y he confiado siempre plenamente, y el cual tan pronto como yo muera, se encargará de publicar una buena parte de esos escritos.
El tramo final de aquel pequeño diario Cero lo dedicaba a explicar en qué había invertido sus últimos años previos a Fisherman y la ya famosa heladería de Sant Maló donde lo habían encontrado. Es decir, dónde había estado, qué tipo de cosas había hecho, con qué clase de gente se había relacionado, y otras cosas de ese mismo estilo. Por ejemplo, en cuanto a qué tipo de cosas había escrito durante aquella última época, Cero afirmaba haber hecho de todo un poco. Había participado en la redacción de una segunda Biblia por la cual se moverían una serie de personajes contemporáneos y que si todo iba bien sería la encargada de superar y sustituir a la primera. Había sido redactor publicitario de una selecta firma de coches alemanes con sede en Hamburgo y a los cuales les enviaba sus ideas a través de Internet. O incluso había formado parte de un proyecto conjunto del cual formaban parte otros destacados intelectuales, y cuya finalidad principal era escribir reseñas sobre clásicos de la literatura griega y romana como si de hecho acabasen de ser escritos, y que sin duda, como no, debieron resultarle sumamente útiles para mantener despierto su intelecto del mismo modo que sucede con los adictos a los crucigramas. Es más, leo un breve fragmento que resume muy bien dicha etapa: «Llegó un momento en el que ya sólo pretendía divertirme y nada más, reírme del mundo y en especial de mi propia soberbia. Estaba cómo decirlo, cansado. Harto de saber tanto y al día siguiente poseer una inteligencia parecida a la que sin duda debe poseer un trozo de madera. Y posiblemente de ahí que sólo las cosas más fugaces y sencillas me causaran una tibia felicidad si es que se le puede llamar felicidad a semejante aburrimiento»

En cuanto a las compañías y lugares visitados en el transcurso de aquellos años Cero la verdad es que no lo tenía muy complicado para resultar coherente en sus explicaciones pues según explicaba él mismo, los últimos diez años de su vida los había pasado en el mismo lugar, es decir, en la pequeña ciudad costera, turística y fortificada de St. Maló, donde lo habían encontrado comiéndose un helado de fresa y chocolate en compañía del perro parlanchín. En cuanto al tema de las amistades, también aquí a Cero le resultaba muy sencillo redactar una lista detallada de personas conocidas siendo la razón principal, que todas ellas se reducían a un círculo de gente minúsculo y perfectamente delimitado. Por ejemplo, Cero mencionaba a una chica muy joven y psicóloga de profesión con la que se acostaba de vez en cuando y a la que le encantaba que le recitase poemas de Federico García Lorca mientras le hacía el amor. Como también mencionaba a una panadera algo mayor que la psicóloga, pero que del mismo modo que la psicóloga también le dejaba acostarse con ella de vez en cuando pero no porque le gustase que le recitasen poemas de Lorca, sino porque le fascinaba simular escenas de películas famosas pero eso sí, en versión erótica. Por último Cero mencionaba también al dueño de la heladería a la que solía ir a leer el periódico, y que en realidad era un fanático de las partidas de parchis, y del cual únicamente aceptaba sus invitaciones siempre y cuando no hubiese quedado ni con la psicóloga poeta ni con la panadera actriz.

Finalmente y como conclusión Cero se dejaba caer con una especie de epílogo melodramático al más puro estilo de las peores películas de Hollywood. Algo así como si dijera al mundo: yo soy el tipo más sabio que existe, y todo cuanto digo lo digo por vuestro bien, no por nada, sino porque sé más que vosotros y por tanto, debéis, no os queda otra, hacerme caso. Hacer todo cuanto yo os diga que para eso escribo unos libros fantásticos, soy famoso, y además poseo una proteína que en realidad es una maníaca, pero que si la miramos desde su lado bueno, desde su lado humanitario, es como una bola de cristal que todo me lo dice, que todo lo anticipa justo antes de que suceda. Fuese como fuese en esta última parte Cero recapacitaba sobre todo un poco, y si bien es cierto que su tono en muchos casos resultaba presuntuoso e incluso en cierto modo excesivo, también lo es que utilizando un tono humilde y casi desvalido, aseguraba sentirse bastante agradecido a pesar de cómo le había tratado la vida. De los cauces por los que había discurrido el torrente muchas veces congelado, otras simplemente derretido, de su propia existencia. «Personalmente la vida no me ha tratado del todo mal» parecía sincerarse Cero como si se fuese a morir de repente. «Y es que he hecho grandes cosas, en realidad, mucho más grandes de lo que pudiese haber soñado cuando era un simple escritor de pacotilla que se engañaba a diario pensando que no era malo del todo. Que quizá, con tiempo y tesón, con trabajo y dedicación, podría conseguir lo inconseguible. Algo medianamente aceptable. O no hablemos ya cuando era un niño y mis compañeros de clase me pedían que escribiera alguna frase ocurrente en sus cuadernos siempre limpios y pulidos. Como dando por hecho que ellos no eran capaces de hacerlo ¡Si ni si quiera lo intentaban! O lo que era peor, como si yo siempre tuviese que ser capaz de hacerlo. Yo señores, y les puedo asegurar que todo cuanto les digo es cierto, he escrito grandes libros, cientos de ellos, que algún día, permitirán al hombre llegar al lugar que se merece, al punto más elevado de la civilización humana. Aún más, yo he escrito libros que en un breve plazo de tiempo permitirán llegar al ser humano a donde no ha llegado nadie antes. Ni los mismísimos griegos fueron capaces de imaginar y ni menciono la palabra diseñar, una ingeniería social tan perfecta como la que yo sin duda he ideado, como la que algún día, espero que un futuro no muy lejano, consiga hacer reinar la paz y la sabiduría en el mundo tal y como la criatura que llevamos dentro exige. Ni guerras, ni hambre, ni nada. Yo hablo de una sociedad perfecta en la que ningún hombre podrá soñar siquiera con estar por encima del resto, porque sencillamente, semejante idea, sería totalmente imposible de llevarse a cabo aunque lo intentaran un millón de veces. Y es que mi experiencia me dice que la única solución pasa por no permitir al hombre hacer daño alguno, y es precisamente en eso en lo que he empleado todas mis fuerzas. En crear un sistema que impida que los hombres crueles se salgan con la suya tal y como han hecho desde tiempos inmemoriales, aprovechándose de la debilidad de las buenas gentes, de su ignorancia y su trabajo. En realidad tan sólo se trata de iluminarles el camino. De decirles que puertas deben ser abiertas y cuales deben permanecer por el contrario siempre muy bien cerradas».

A los pocos días de acabar aquel diario y también de que su contenido fuese hecho público a los miembros del consejo, Cero se las ingenió para montar una pequeña rueda de prensa, y una vez allí les dijo a todos que había llegado el momento de marcharse, que su estancia en aquel lugar ya no tenía el más mínimo sentido, y que por tanto lo mejor que podía hacer era desaparecer de nuevo porque en realidad comenzaba a sentirse un tanto fatigado. Según les explicó también Cero su siguiente destino era Sant Maló, así que si por cualquier motivo lo necesitaban, lo que fuese, que no dudasen en ponerse en contacto con él ya que ahora sí sabían donde encontrarlo. Fue justo antes de marcharse cuando Cero les aconsejó que trataran de encontrar sus libros perdidos porque quizá en ellos estaba la respuesta a todo el misterio. Busquen esos malditos libros les dijo y dejen de perder el tiempo con experimentos innecesarios. Y eso fue precisamente lo que hicieron. Buscar los malditos libros.

A partir de entonces se trató por todos los medios humanos posibles (otros no tan humanos) de reconstruir la vida de Cero paso a paso como si sólo en aquellos libros y no en una investigación científica organizada, estuviese la respuesta a todos los misterios. O dicho de otro modo, a partir de entonces tratamos (porque yo me incluyo en dicha búsqueda) de reconstruir aquel extraño rompecabezas con la intención de ver qué se podía sacar de todo aquello. La primera parada fue obviamente la vieja casa de la playa donde nos constaba que Cero había pasado casi tres largos años de su vida. Allí tal y como exige el procedimiento en tales casos lo registramos todo, pero ni rastro de los libros que aseguraba haber escrito. Bien es cierto que encontramos algunas notas presumiblemente relacionadas con la elaboración del Cubo de Rubbick así como con otras novelas también suyas, pero lo que se dice de los libros que nosotros andábamos buscando, nada de nada. Después de aquello preguntamos a algunos vecinos y viejos amigos del pueblo, ya sabéis como funciona esto, gente en general de la cual pensábamos que quizá sí podríamos extraer alguna pista mínimamente fiable que al menos nos permitiese seguir en la brecha. Pero lo cierto es que nadie supo decirnos cuál había sido su siguiente destino, ya que según ellos Cero era un tipo muy reservado entre otras cosas, y en raras ocasiones explicaba en qué andaba metido. Cuando les preguntamos a qué se referían exactamente cuando hablaban de esas otras cosas, o no supieron, o no quisieron decirnos nada. Tras este primer inconveniente decidimos volvernos a Nueva York con la intención de hablar con su familia por si de algún modo alguno de sus miembros podía sernos útil. De hecho y de forma individual se les hicieron infinidad de preguntas. Se pincharon algunos teléfonos. Se hicieron seguimientos intensivos e incluso se grabaron conversaciones privadas cuando estaba claro que aquello no iba a conducirnos a ningún sitio. Pero nada, ningún resultado. Fue precisamente entonces –quizá hayan escuchado algo al respecto- cuando se optó por simular su muerte con la intención de que alguien diese el definitivo paso adelante y publicase los dichosos libros. Pero nada, tampoco esa estratagema dio ningún resultado.
El siguiente paso fue su antiguo representante William La Rochelle. Según nuestros últimos informes el buen hombre seguía pasando largas temporadas en Londres, así que por suerte para nosotros tampoco tuvimos que dar demasiadas vueltas para localizarlo. Al llegar a su casa, éste nos recibió muy amablemente, mucho más de lo que cabía esperar sin duda, para después respondernos que si bien era cierto que en el transcurso de aquellos años había mantenido algún contacto que otro con Cero (normalmente por teléfono y separados entre sí por etapas nunca inferiores a los tres años) únicamente había sido para enviarle algo de dinero y poco más. Cuando le preguntamos adónde y cómo se había enviado ese dinero, así como de qué sumas estábamos hablando, La Rochelle nos respondió que el procedimiento siempre había sido el mismo, mediante la Western Union, y que en cuanto a las cantidades de dinero se refería, nunca habían sido superiores a las cinco mil libras. Por lo general, nos dijo finalmente, se trataba de sumas más bien escasas.

Después de hablar con La Rochelle nos fuimos de Londres y entonces sí, comenzamos a investigar los envíos de dinero efectuados entre uno y otro anciano durante todos aquellos años con la intención de conseguir, que menos, alguna dirección en la que Cero hubiese vivido algún tiempo, y por tanto, en la cual hubiese tenido el tiempo suficiente para escribir y guardar alguno de sus libros. La cosa no fue mal del todo: pasadas tan sólo veinticuatro horas desde que abandonamos la casa de La Rochelle ya disponíamos de una relación completa de ciudades y cantidades de dinero gracias a la eficiencia de la Western y sus infalibles archivos, así que esta vez sí convencidos de que ahora íbamos por el buen camino, empezamos a rastrear todas aquellas ciudades. Ahora bien, cuál fue nuestra sorpresa cuando después de visitar más de seis ciudades europeas, no conseguimos resultado alguno.

Sin embargo nuestra suerte cambió definitivamente estando nosotros en Roma. El motivo de dicho cambio fue que alguien nos llamó directamente desde Washington informándonos de que debíamos partir cuanto antes en dirección a Londres, pues había surgido algo realmente importante allí, y ese algo debía ser investigado de inmediato. Efectivamente, una vez estuvimos de nuevo en Londres nos informaron de que la persona a la que debíamos investigar no era el La Rochelle que nosotros conocíamos y esperábamos investigar pues este había muerto hacía solamente un par de semanas como consecuencia de un cáncer de pulmón fulminante, sino que se trataba de una de sus ocho nietas. Una joven de tan sólo veintidós años de edad y aspirante a cineasta, que al parecer y con motivo de la reciente muerte de su abuelo, llevaba varios días trabajando en el montaje de un documental en el que se trataban de poner sobre la mesa en primer lugar las posibles conexiones entre su ya difunto abuelo y el gran escritor Cero, y en segundo lugar, la singularidad y excentricidades de dicha pareja. En cuanto al documental en sí (aunque lo cierto es que cuando nosotros lo vimos únicamente se encontraba en un estado embrionario) la verdad es que en líneas generales era bastante malo, y aunque sí es cierto que había en él algunas cosas que estaban relativamente bien, lo cierto es que en términos generales parecía bastante improbable que algún día llegase a pasar del cinco. Fuese como fuese todo empezaba con una amplia exposición de cómo se habían conocido ambos abuelos en Nueva York varias décadas antes y de una forma según se daba a entender, totalmente fortuita, para luego y una vez superada esta primera fase, continuar relatando uno a uno y a golpe de acontecimientos según la visión de la muchacha memorables, la historia de ambos personajes a través de libros, entrevistas a conocidos, y recortes de periódico.

Pero si bien el documental apenas poseía valor artístico alguno, por el contrario la información que contenía sí era extremadamente valiosa. Y es que para nuestra sorpresa, no tuvimos ni que salir del comedor de aquella misma casa para llegar al lugar desde donde supuestamente y según la opinión de la chica, habían sido escritos todos los libros que nosotros andábamos buscando como verdaderos locos. También según la versión de la nieta de La Rochelle (de hecho ella misma afirmaba haberlo visto allí en infinidad de ocasiones cuando era una simple niña) Cero habría vivido durante casi cincuenta años gracias a una especie de extraño intercambio entre él y su abuelo (es más, depende de cómo quedaba incluso abierta la puerta a una posible relación homosexual), y no tal y como nos había dicho Cero en su diario, en el pueblo francés de St. Malo. Pero también y según la versión de esta misma joven sí bien era muy cierto que Cero había hecho algunos viajes (ella sólo estaba en disposición de corroborar uno a Francia, otro a España y otro a Grecia aunque todos ellos en compañía de su abuelo, que nunca sólo) por el contrario de ningún modo podía confirmar todos aquellos otros destinos a los que nos había empujado el listado de la Western Union, pues según sus informes, Cero sufría cierta enfermedad, y ésta le impedía ausentarse por mucho tiempo a no ser que recibiese puntuales cuidados médicos. Todas las piezas por tanto, comenzaban a encajar a la perfección.

Ahora bien, la chica y del mismo modo que nosotros, aseguraba haber buscado los libros por todas partes y no haberlos encontrado en ningún sitio. De modo que ¿dónde estaban los dichosos libros? ¿Y dónde estaba Cero en aquel momento? Y aún más ¿por qué nos había engañado? ¿Por qué nos ha hecho dar, deliberadamente, tantos palos de ciego?

En el piso de los La Rochelle y por si acaso a la chica se le había pasado algún detalle por alto, volvimos a registrarlo todo, pero allí, tal y como imaginábamos, no había nada a excepción de un montón de huellas de ambos abuelos, algunas prendas de ropa sin duda del propio Cero, y algunos objetos personales sin importancia. Entonces decidimos enviar a parte del equipo a buscar a Cero a Sant Maló para ver qué podía explicarnos él de todo aquello, pero cuál fue nuestra sorpresa cuando tampoco allí encontramos nada. Es más, ni el tipo de la heladería del que tanto había hablado lo conocía, como tampoco la única psicóloga que más o menos se ajustaba a la descripción facilitada por él mismo lo había visto en toda su vida, como tampoco la panadera de la cual tantos detalles nos había facilitado sabía nada de todo el asunto. Es decir que todo, absolutamente todo, era una vulgar patraña.

A la mañana siguiente ya estaban en la calle. Todos y cada uno de los ejemplares habían sido impresos en unos talleres clandestinos del extrarradio de Pekín a un precio de risa durante tres largas semanas de intenso trabajo (según parece por encargo de un cliente desconocido que habría pagado toda la operación por adelantado) y en las cuales a nadie se le ocurrió preguntar de qué iba todo aquello. Así que, sólo sería algunos días después y gracias a los inmensos tentáculos de una descomunal distribuidora norteamericana con base en Hong Kong, cuando fueron repartidos por los cinco continentes a una velocidad que ciertamente da mucho que pensar. Resumiendo, pasados tan sólo dos días desde su primera impresión ya habían cubierto casi toda la superficie del planeta exceptuando únicamente algunas zonas actualmente en conflicto. Además, todas las ediciones eran de bolsillo (había sido precisamente el cliente quien lo había ordenado así), y por tanto, asequibles para cualquier persona que estuviese interesado en comprarlas. Casi gratis si tomamos en consideración la importancia de toda la obra. Nueve tomos de doscientas páginas aproximadamente, y un último tomo mucho más reducido, de unas veinticinco páginas únicamente, y que es, no lo dudéis ni por un segundo, el verdadero motivo por el cual se os ha mandado llamar con la celeridad que ya habréis notado. Además, si nuestros cálculos no fallan se han vendido antes de poder ser retirados de la venta (cosa que hicimos esta misma mañana) más de ciento veinte mil ejemplares, los beneficios de los cuales, no os vayáis a pensar que no carece de cierta ironía todo el asunto, nos han sido remitidos por orden explícita del Sr. Cero junto a la más enérgica de las felicitaciones.

- ¿Perdone que le interrumpa Sr. Deberaux, pero por qué son en su conjunto tan peligrosos? ¿O por qué es tan importante y vital recuperar hasta el último de todos los ejemplares tal y como usted asegura? O más aún ¿Por qué nos ha contado todo esto, la vida de ese hombre, el largo proceso de su enfermedad, los aprendizajes y desaprendizajes a los que se veía sometido una vez tras otra, o todos y cada uno de los detalles de tan extraña personalidad? ¡Le recuerdo que llevamos aquí más de dos horas escuchándole cuando según usted, de hecho lo lleva insinuando desde el preciso momento en que entramos en esta sala, cada segundo transcurrido puede resultar vital en la búsqueda de esos libros!
- ¡Por su contenido Sr. D! ¡Por su incendiario y temible contenido! ¡En cuanto al factor tiempo no se preocupe usted por eso, pues ya tenemos a mucha gente, créame, mucha más de la estrictamente necesaria, trabajando contrarreloj a la caza de esos dichosos libros! ¡Es más, el hecho de que nosotros estemos aquí más o menos tiempo, no va a afectar lo más mínimo al curso final de esa búsqueda, es decir, que nuestra función no es hallar esos libros sino más bien tomar una serie de medidas que minimicen sus consecuencias de no obtener nuestros compañeros el éxito que todos esperamos!
- ¿Entonces, cuál es ese contenido Sr. Deberaux si es que se puede saber? ¿De qué habla el viejo Cero en esos libros, y qué podemos hacer nosotros para remediarlo y si es que en efecto podemos hacer algo?
- ¡Sr. D, señores y señoras, cada uno de esos diez tomos o evangelios como a Cero en ocasiones le gusta llamarlos son ya de por sí y de forma individual (ninguno necesita de otro para poder ser comprendido en su totalidad) una conclusión sobre algunos temas especialmente peliagudos de nuestra sociedad, y por añadidura, sumamente peligrosos de caer en manos, como decirlo, inadecuadas. Pero cuidado porque si bien es cierto que todos ellos de forma individual son realmente peligrosos, también lo es que es el último sin duda, el décimo, el más peligroso, pues en realidad se trata de una conclusión extraída a su vez de las anteriores conclusiones!
- ¿Qué quiere decir con eso Sr. Deberaux? ¡Explíquese por favor! ¿Está el mundo o sus habitantes en peligro? ¿Estamos en los momentos previos a una debacle mundial de incalculables consecuencias?
- ¡No Sr. D, es mucho peor que eso. En el tomo número uno Cero llega a la terrible conclusión de que el Amor en cualquiera de sus distintas tipologías, es incapaz de imponerse a los muchos sentimientos negativos que todos los hombres sin duda albergan en su interior. Pero no os vayáis a pensar que Cero dice esto así, de forma gratuita, sino que lo que hace es realizar un estudio exhaustivo, en el cual poco a poco y con una metodología que roza en muchos casos los de las matemáticas, ir desgajando todos los tipos de amor así como las distintas causas que los provocan, para finalmente llegar a las consecuencias que de ellos se derivan. ¿Conclusión? Todo amor y en cualquiera de sus variantes es un simple intercambio moléculo-comercial de procedimientos muy similares a los de la camorra siciliana, y consecuencia, susceptible de ser erradicado por completo. En el tomo número dos Cero escoge como tema principal para su locura la Amistad, y si bien es cierto que en este segundo caso las consecuencias derivadas de su estudio no parecen ser tan desoladoras como en el caso del amor, también lo es que a medida que pasa el tiempo y uno empieza a comprender realmente de qué está hablando cuando dice lo que dice, no se puede evitar sentir algo así como una especie de retortijones difícilmente soportables por un plazo superior a los dos minutos de duración. ¿El motivo en este caso? Según Cero la Amistad es únicamente una especie de anestésico con respecto al cual se acaba adquiriendo una asquerosa dependencia, y de ahí que como sentimiento ficticio que es, sea del mismo modo que ya sucediera antes con el Amor, susceptible de ser devuelto a su condición auténtica y real; el canibalismo. Pasamos al tomo número tres. En este caso y aplicando exactamente el mismo modus operandi de tipos y subtipos, causas y subcausas, conclusiones y subconclusiones, y así sucesivamente hasta volverse majareta, Cero retoma el tema de la Amistad, pero con la diferencia de que en esta ocasión lo enlaza con su nuevo objetivo, la Felicidad, para establecer a partir de ese momento una serie de relaciones causa-efecto-causa-efecto-causa-conclusión, que únicamente encuentra salida en el momento en que la Felicidad es concebida como una especie de claudicación, de estado de somnolencia el cual a la postre no haría otra cosa que obstaculizar el acceso a una forma de Felicidad mucho más amplia y desde luego mucho más completa: la Felicidad que supone el hecho de ni siquiera plantearse si es se feliz. En el tomo número cuatro el blanco de sus dardos es el Poder, esto es, el motivo por el cual la mitad de los hombres dieron su vida y la otra mitad lamentablemente la perdió. El poder, sí, ese mismo poder que les dio de comer a una panda de retrasados mentales durante siglos y siglos del mismo modo que un prado inofensivo da de comer a un montón de vacas con la cabeza llena de serrín. Pero cuidado porque en este caso Cero no sólo extrae sus conclusiones a partir de una serie de datos estadísticos tal y como hace con todos sus otros asuntos, sino que en este caso dichos datos van acompañados de una relación anatómica perfecta entre el poder ejercido por algunos de los personajes más destacados de la historia de los hombres, y algunas características físicas propias de esos mismos hombres. Y es que según Cero, existiria una relación inversamente proporcional entre el grado de poder deseado y algunas carencias tanto físicas como emocionales verdaderamente importantes. El quinto tomo está dedicado de forma integra al Conocimiento así como a las locuras que muchos hombres han llegado a realizar en su nombre. Es más, para Cero el ansia de Conocimiento no sería una característica esencial de la inteligencia humana tal y como se suele creer, sino que más bien ésta tendría su origen en la necesidad de expiación de algunos errores anteriores e imposibles de corregir por otra vía, hecho que a su vez sería extrapolable a toda la raza humana. Resumiendo: el progreso humano no sería para Cero más que la prueba más evidente de lo turbia y lo sucia que está el alma humana. En el tomo siguiente -estamos en el seis- el objetivo de Cero es la ansiada Libertad, tema éste que ya habría tratado en algunas de sus anteriores obras, y al que vuelve como el asesino que vuelve a la escena del crimen para rematar a su víctima. Es decir, con la intención de demostrar que la Libertad es un invento humano comparable a la invención de la electricidad, del automóvil, o incluso de las tostadoras de última generación (una fase primitiva de la era tecnológica por así decirlo) sólo que mucho más antiguo, barato y silencioso, aunque por otro lado y es ahí donde al parecer radicaría su excepcionalidad y continua vigencia, en que es como una especie de divinidad al alcance incluso del más estúpido de los hombres, pues que más da si a fin de cuentas la libertad es sólo un grado más de esclavitud. Pasamos al siguiente tema, La Inmortalidad. Tema éste para el que Cero reserva algunas de sus críticas más severas, y es que adiferencia de los otros temas tratados, parece desprenderse de esta cuestión ciertas implicaciones personales. Es en este contexto precisamente, donde Cero nos dice que por supuesto la inmortalidad como tal es una pura ficción, pero ya no sólo en un sentido de vida eterna tal y como plantean algunas religiones, sino también en el sentido de que sea capaz de dejar un legado que sobreviva a la propia muerte de aquellos que la merecieron, ya que una cosa es uno mismo, sus brazos, sus piernas, las cuencas de sus ojos, etc., y otra muy distinta las cosas que en la medida de sus posibilidades pueda realizar en el transcurso de su vida. Dicho con otras palabras: que no por dejar un legado más o menos importante, más o menos bonito, más o menos hermoso, más o menos emocionante, más o menos influyente, vamos a sobrevivir a nuestra propia muerte tal y como creen algunos de los más destacados entre los hombres. Llegamos al penúltimo evangelio, el de la Salud. En él Cero viene de algun modo a decir que aspirar a conseguir una Salud duradera es poco menos que una quimera, siendo la razón principal que le permitiría mantener dicha tesis la excepcionalidad que la propia salud supone en el contante y sonante del tiempo vivido por las personas. Es decir, según Cero sólo una parte minúscula del total del tiempo vivido sería ciertamente saludable, con lo cual de ser efectivamente cierta dicha hipótesis, tampoco tendría demasiado sentido hablar de Salud cuando en realidad de lo que estamos hablando es de una enfermedad más o menos grave en función del lugar y del momento en que se analice. Y así, como el que no quiere la cosa, llegamos al décimo tomo, sin duda el peor. En este último tomo Cero en un principio se muestra un tanto condescendiente con el género humano (nombra aquí algunos de sus mayores logros) para finalmente llegar a decir cosas tales como que no le queda otra que hacer lo que hace, y de ahí que se vea obligado a obsequiarnos son sus palabras exactas “con la solución a nuestro sufrimiento”, pero también, con la solución que aliviará al planeta de una forma definitiva de un problema convertido ya en crónico. Nos encontramos ante el grado más alto de ecologismo nos dice. El resultado de una operación exacta, inevitable y necesaria. Este último libro del que os hablo se llama “Como aniquilar la especie humana y tú salir indemne”, y créanme, además de ser todo un portento de física nuclear, va a ser un libro del año! ¡Quizá el último gran libro de éxito que se haya escrito nunca! ¡Señores, señoras! ¿A alguien se le ocurre algo por favor?

"... No no sé po por donde empezar así que lo mejor será que que empiece po por el principio mi mi nombre a que me me dedico cuantos años tengo y to todo eso y después una vez ya ya sepáis todos quien quien soy entonces sí entonces os po podré explicar lo que me pasa y quizá entre to to todos todos los que me podáis escuchar no sé qui qui quien sabe qui quizá me me podáis sacar de este lío llamar a alguien que entienda de verdad so so sobre el te tema y así de de de una maldita vez alguien me me diga que es lo que me me está pa pasando po po porque como siga por este camino co co como todo esto no se a a acabe pronto yo yo yo ya no sé que voy a hacer ni ni adonde ir ni nada de nada. Bi bi bien. Mi mi nombre es Cero y y estoy mu muy enfermo. Mu mu mucho. Po po por favor, a a ayúdenme..."